Relato

 
 
Lou, la del espejo

Por Ricardo Ricci. (*)

 
 

 

 
 
 

Desafiante, como intuyendo la amenaza de una realidad que la contradiga, Lou se planta frente al espejo de la sala. Ése que, al mostrar el cuerpo completo, permite el cuidado de los últimos y pequeños detalles.
Se acerca el momento de salir a la calle a seducir, definitivamente, a ese doctor, tan famoso como tozudo, que debe aceptar la propuesta de tratar a su amigo Friederich Nietszche. De la aceptación del galeno, confía ella, depende el futuro de la filosofía y el pensamiento humano. Cualquier método es válido para conseguir el objetivo. Su admiración por Friederich es tan grande que olvida que su relación de amistad con él es, al mismo tiempo, su salvación y su tormento.
El vestido azul le sienta bien, combina admirablemente con su piel blanca y arrebolada, su cabello rubio, y sus ojos del color del cielo, penetrantes e irresistibles. El vestido azul, tan osado como sobrio. El pronunciado escote permite sugerir unos senos perfectos, lo que no destruye la imagen general de absoluta mesura. No, mojigata no, pero tampoco una cualquiera. Su prestancia se desliza en esa cuerda inestable entre la seducción desembozada y el recato de la Mater. Ese punto exacto en el que el hombre, cualquier hombre, se desarma; en el que baja la guardia por tener ante sí, a la vez, a la hembra y a la potencial gestora de su progenie. Si, por fin hemos aceptado que, detrás de los más acartonados y civilizados comportamientos humanos, nuestras decisiones tienen esa insoslayable impronta de absoluta simplicidad propia de los instintos. El vestido azul hace que resalte la apostura correcta: el mentón alto y orgulloso, el rostro expuesto, bien visible, el cuello pálido y grácil, el dorso erguido y las caderas convenientemente resaltadas. Un conjunto en el que un hombre puede encontrar, rápidamente, los argumentos para aceptar cualquier proposición.
El peinado, una cabellera abundante cuya rebeldía resiste todo orden. Con ayuda de pinzas y trabas, lo acumula sobre la cabeza en forma de elegante nudo. Esa disposición eleva la altura de la dama y deja al descubierto la concavidad seductora de la nuca. La nuca, esa frontera entre el arreglo del peinado, y la imposibilidad de domar esos vellos enrulados que se empeñan en disponerse a su antojo. Esa pequeña porción del dorso de la mujer que permanece sugerida y, a la vez, reservada a la más próxima intimidad.
El maquillaje destaca sus rasgos delicados, los detalles de puntillas, las joyas elegidas con extremo cuidado, los guantes largos; todo se halla al servicio de la elegancia y la distinción, sin que el desparpajo de la mujer segura de sí misma quede descuidado. Una dama con licencias, fina y desafiante, elegante, con un toque de cuidado descuido. Un atractivo irresistible en medio del caótico torbellino social.
Esa imagen lograda de aplomo, seguridad, belleza, y dominio de sí, es la que el espejo devuelve con su habitual cortesía propia de la imparcialidad. Una última sonrisa cómplice, un meneo, una caída de ojos para simular un arresto de vergüenza; ya está lista y dispuesta a salir en pos de su objetivo. Desafiante, piensa: nada ni nadie podrá impedir que hoy logre mi propósito.      

Alguien debió tocar a la puerta, pero más bien se trató de una irrupción.
_ Otra vez allí Lucía, lo mismo que ayer, anteayer, y toda la semana. Vas a terminar gastando ese espejo mentiroso, te lo dije mil veces. Nadie necesita que estés más linda de lo que ya sos. Cosita mía, te levantaste temprano hoy, te limpiaste solita, mi vida… A la cama, a la camita, y levante esa colita para que le cambie los pañalitos. Uhhh… ¡Cuánta michona! ¡A tirar esto en el cesto, que ya viene Carlitos a sacar la basura!
_ Seguro recordabas otros tiempos. ¿Acaso olvidaste lo que te dijo ayer el doctor?: que bajaras a desayunar temprano, que hoy tendrías visitas.
_ Hoy vienen tus hijos con sus esposas y tus nietos a visitarte un rato como todos los domingos. Juan coqueteará contigo diciéndote que estás muy elegante con ese camisón azul. Vamos, arréglate ese pelo. Esa manía tuya de recogértelo hacia arriba, discúlpame, pero te hace cara de loca. No pareces una señora. Déjame corregir un poco el maquillaje. Siempre se te da por pintarte como un payaso, tramposona. Saquemos algunas de estas baratijas que gusta ponerte al por mayor, ¿no ves que están de más?.
_ Ah, y a prenderte los botones del camisón, estás mostrando todo el buche.
_ ¡Hoy es quince de febrero! Debo visitar al profesor que me espera en el consultorio, el aceptará tratar a mi amigo Nietszche. No puedo dejarlo esperando.
_ No irás en pantuflas a ver a ningún doctor ni profesor. Ese Nietszche… ¿es el mismo tirabombas de siempre, ése que no cree en nada y pretendió dar muerte a Dios? No querida, no me vengas con esos compromisos tuyos.
_ Vamos Lucía, debes desayunar, tomar tus pastillitas de la mañana, caminar un poquito por el parque, unos masajecitos, y a esperar a tus hijos en la sala de visitas. Ves un poco de tele hasta que lleguen. Vení, sentate en tu carroza de ruedas que yo te llevo.
Incómoda, sentada en la silla, pasó frente al espejo que le devolvió una imagen desvaída, nebulosa, e inescrupulosamente indecisa.   

En referencia a la relación entre Lou Andreas Salomé, Frederich Nietszche, y Josef Breuer novelada por Irvin Yalóm en  El día que Nietszche lloró

 


 

 

 
Relato
Lou, la del espejo
Reportaje a Oscar Bottasso
"El científico es alguien que rompe"
La Medicina y el Arte
La historia clínica de Carlos II de Austria
Opinión
La era de la anhedonia
La empatía en la obra de James Joyce
Segunda Parte: Finnegans Wake
Relato
El escuerzo
Improvisaciones filosóficas
¿A qué nos referimos cuando hablamos de lo inhumano?
   
 
 

(*(*) Prof. Dr. Ricardo Teodoro Ricci · Médico Clínico · Especializado en Comunicación Humana y Sistemas Humanos · Titular interino de Antropología Médica (Grado) · Adjunto a cargo de Epistemología (Posgrado) Facultad de Medicina Universidad Nacional de Tucumán

 
 
 
   
  Versión web 2.0
Medicina & Cultura es un suplemento de Clínica-UNR.org
© 2007 - 2011 Todos los derechos reservados