Relato

 
 
Brevas amargas

Por Teresa Minhot . (*)

 
 

 

 
 
 

Un sol de plomo hirviente martirizaba la tierra árida, en aquella región del sur de Italia, y se deslizaba sobre las casas, siempre cerradas, como si se avergonzaran de su miseria. Sobre el suelo rojizo, apenas se destacaba el verde pálido de algunos olivos raquíticos.

Detrás de la casa de los Scarzello, las dos higueras no desentonaban con la aspereza del entorno. Aspereza filtrada bajo la piel de la gente del pueblecito hasta ir convirtiéndose en un modo de ser, de vivir, de ver la vida; una aspereza heredada como residuo de ancestrales tradiciones.

Era la hora muerta de la siesta, esa hora en que nadie se atrevía a desafiar el silencio casi sagrado, ni siquiera los animales refugiados bajo algún simulacro de sombra. Rosa cabeceaba en su silla, junto a la mesa de la cocina, sólo visible por su eterno vestido negro,  una mancha más oscura en medio de la penumbra. Su hija Concepción, aprovechaba aquel momento para ir a juntar las brevas que pesaban sobre las ramas de las higueras. Se movía con gestos mesurados, agobiada por el calor. Aunque los frutos eran una promesa de dulzura, el hecho de haberse convertido, desde hacía varios días, en el plato único de la cena, junto a un trozo de pan, ya no significaban, para ella, ningún placer para el paladar. El padre dormía en el fondo de aquella pieza única, un poco más espaciosa desde que Giorgio, el hijo mayor, se había marchado para casarse. La cama estrecha de la muchacha, junto a la pared pintada a la cal, constituía su universo; ahí, se abría al mundo de los sueños, olvidándose de la miseria, del calor insoportable, del rigor de su padre y de la desconfianza de su madre. Tenía diecinueve años, un cuerpo con redondeces armoniosas, ocultas bajo los dos eternos vestidos, el gris y el negro, que sólo dejaban adivinar, en el cuello, la blancura de su piel.

Después del almuerzo -casi siempre un plato de pasta amasada por Rosa - la joven tomaba el pequeño casto e iba a hurgar entre las ramas de las higueras; las hojas le daban lengüetazos rasposos y encendían aun más sus mejillas. En realidad, lo que la empujaba hacia aquel lugar, junto a la callecita blanca de tanto sol, era la presencia efímera de aquel muchacho moreno. La saludaba con una sonrisa y, para ella, ya no había otra luz que brillara con mayor intensidad. Él no tardó en detenerse un momento y hasta se atrevió a pedirle una breva. Antes de alcanzársela, Concepción miró hacia la casa, con evidente inquietud. Aquella escena se volvería a repetir, como una suerte de rito, durante ese mes de julio. Él se demoraba, cada vez más, antes de proseguir su camino hacia la cantera, para intercambiar algunas frases con la muchacha. Pero, pronto, no les bastó a los jóvenes aquel fugaz encuentro. Sus cuerpos necesitaban algo más que el contacto de las manos en el breve roce. Stefano pidió verla en otro lugar, con más tiempo, mientras le confesaba su amor con una mirada que estremeció el cuerpo y agitó la sangre de la muchacha. Sin embargo, el temor al control férreo de los padres, cancerberos de la “honra” de la hija, la obligó a negarse. Él siguió insistiendo, ofreciéndole dos posibilidades: encontrarse detrás de un seto tupido, luego de la curva del camino, a la misma hora, o bien, cuando ella fuese a buscar la leche de cabra al otro lado de la montaña, los domingos por la mañana. Ese día no trabajaba y dispondrían de más tiempo. Cuando por fin logró vencer los escrúpulos de la joven, acordaron verse el domingo siguiente.

Concepción subió por la ladera de la montaña, su respiración se volvía más fatigosa, no tanto por el esfuerzo como por aquel ovillo de sensaciones encontradas que oprimían su garganta. Las palabras de amor habían deshecho los eternos consejos de los padres. El sol volvía a devorar el azul del cielo. Un gorjeo solitario surgió de algún matorral. Lejos, muy lejos, un rebaño pastaba con placidez. Todo iba fijándose en la mente de la joven hasta que lo vio sentado sobre una piedra; entonces, ya no tuvo ojos sino para su figura. Stefano la tomó de la mano y la llevó hacia una hondonada cercana, desde donde evitarían miradas intrusas. Los labios de la muchacha descubrieron el sabor desconocido de los besos, su cuerpo se transformó en una tormenta de deseo cuya fuerza acrecentaban las manos de él. Entonces, el gemido de dolor y placer fue ahogado por un beso interminable. Luego, todo volvió a la realidad: el cielo desteñido por el sol, el suelo escarpado, el chirrido de las cigarras….Se levantó como si miles de ojos acusadores la estuvieran observando. Sin pronunciar palabra, bajó con su damajuana hacia el sendero. Sus piernas temblaban, no resistían el impulso que las llevaba a correr; de pronto, se enredaron en una zarza: la caída la hizo rodar unos metros y, en la caída, la damajuana se hizo añicos. En aquellos trozos de vidrio, Concepción vio el reflejo de una desgracia. Agobiada, retornó a su casa con paso lento; sabía que había roto la única damajuana de la familia, y que su pérdida desataría la ira siempre pronta del padre. No se equivocó, éste se levantó de su silla, tras oír la noticia, y le dio una bofetada que la sacudió toda entera. Sin embargo, ella sintió alivio, pues aquél incidente hacía que lo ocurrido en la hondonada pasara desapercibido. Temía que se le notara en la frente, en los ojos, en sus gestos… Esa noche, el sueño no llegaba, cada poro de su piel revivía el contacto del cuerpo de Stefano.

Al día siguiente, no se atrevió a acercarse a las higueras. Se sentía avergonzada, no podría mirar esos ojos que la desnudarían nuevamente. Pero, el amor superó pronto todos los escrúpulos, y fue a esperarlo. Las manos de ambos expresaron las palabras contenidas y el sentimiento compartido. El encuentro se repitió, esa vez, con mayor riesgo, pues se hallaban cerca de la casa paterna. El miedo a ser descubiertos y el desafío, se conjugaban, en el alma de la muchacha, en una rara mezcla de culpa y fascinación.

Julio arrastraba su última semana de días bochornosos; espesos nubarrones impusieron sus vientres grises. Algunos relámpagos surcaban el cielo. La noticia que le dio Stefano fue como el rayo que la tormenta no descargó: debía marcharse a su pueblo, en Campania,  su padre estaba muy enfermo. No pudieron despedirse, la lluvia colgó sus cuerdas hasta la medianoche, y él se fue de madrugada. Le había prometido regresar muy pronto.

El cortejo de los días comenzó a pasar con una lentitud exasperante, sin una señal del joven. Agosto siguió encendiendo el aire y resquebrajando la tierra. En vano, lo esperó cerca de la calle pedregosa. Pero, un rayo vendría a fulminarla bajo aquel cielo cruelmente azul: su embarazo. La primera idea surgida, después de aquella turbación que vaciara su mente, fue evitar las sospechas de la madre, espiando siempre la marcas de sus reglas.  Lavó y tendió las toallas usadas cada mes. Pero, ¿cómo haría después? ¿cuánto tiempo mantendría la farsa? Guardaba la esperanza de ver aparecer a Stefano por la calle que se lo había llevado.  El no regresó.

Cinco meses de gravidez habían abultado su vientre, en el que ya se manifestaban los primeros movimientos suaves. Ya no cabía la menor duda, esperaba un hijo, y Stefano no regresaría jamás. Entonces, la desesperación la llevó a buscar refugio en su madre a quien narró lo sucedido.

La cara, siempre carente de expresión de la mujer, cobró un aspecto capaz de aterrorizarla: sus ojos se encendieron de ira, y la boca, muy abierta, profirió gritos e insultos. Quiso el destino que, en ese preciso momento, regresara el padre y los oyera. Scarzello se quedó inmóvil, la sorpresa lo clavó en el vano de la puerta. Preguntó a su mujer qué había sucedido, y ésta -sabiendo que el marido haría recaer sobre ella gran parte de la responsabilidad del hecho- redobló los insultos, mientras contaba la vergonzante verdad. Los ojos del hombre vieron todo rojo, la furia los desorbitó. Se abalanzó sobre la hija y descargó sus puños sobre ella, como un poseso. Concepción cayó al suelo y  él siguió dándole puntapiés, hasta que uno, en la sien, la dejó tendida, inmóvil, sin vida.

A los carabinieri, que vinieron a buscar al hombre enmudecido, vaciado de su rabia y de sus reproches, la mujer explicó: - él ha hecho justicia. Su hija estaba encinta y no quiso decir de quién. No íbamos a cargar semejante vergüenza ante la gente del pueblo, no? Él ha lavado la honra de su apellido. No se quedó mirando como se lo llevaban, dio media vuelta y se encerró en la penumbra de la cocina, se sentó en su silla, muy cerca del lugar donde el piso había bebido la sangre de la deshonra.

 


 

 

 
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(*)Teresa G. Minhot Profesora de Francés; ex Prof. de francés del Instituto Superior Olga Cossettini Ex. Prof. de francés en Humanidades y Arte y Escuela de Música Prof. de Literatura francesa en la Alanza francesa de Rosario. Miembro de la Asociación argentina de Literatura francesa y francófona. 5º Premio Certamen Literario Nov. 2012 del "Grupo de Escritores Argentinos" médico Clínica-UNR.org.


 
 
 
   
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