La Medicina y el Arte

 
 
Enfermedades del alma. La melancolía.

Osvaldo Pamparana (*)

 
 

 

 
 

No podrás impedir que la melancolía sobrevuele tu cabeza, pero sí trata de lograr que no haga su nido en ella
Proverbio chino

La palabra melancolía deriva etimológicamente del griego μελαγχολία, con el significado de bilis negra. Define un estado patológico caracterizado esencialmente por profunda tristeza, pesimismo generalizado y ausencia de todas las motivaciones  de creación y progreso.

Es una tristeza fundamental y se conoce por dolor moral. Coincide, de modo bastante paradójico, en apariencia, con anestesia afectiva: los sentimientos, los impulsos afectivos se muestran embotados, y el enfermo se lamenta de no poder interesarse, participar, amar, como antes lo hacía.

Los acontecimientos, de cualquier índole, se enfocan en función de un pesimismo sistemático y de una amplificación peyorativa desmesurada. Para el melancólico todo es materia de aflicción; aumenta, sin duda, las proporciones de los sucesos adversos y analiza sus consecuencias a la luz más desfavorable. Hasta los hechos afortunados dan pretexto a su tristeza, y la ingeniosidad morbosa del enfermo se esfuerza por encontrarles una significación desastrosa. Su pesimismo se extiende a todo, a veces de la manera más ilógica e imprevista. Como los sucesos exteriores, las sensaciones provenientes de su propio cuerpo son, para el melancólico, motivo de aflicción y de inquietud; dice que se siente a disgusto, se queja de una fatiga a veces extremada y sus órganos son asiento de sinestesias penosas, que evoca en apoyo de ideas hipocondríacas.

Otro elemento característico de la melancolía es  la pérdida de iniciativa que se manifiesta tanto en el dominio de la acción como en el del trabajo intelectual. El deseo de emprender, de actuar, de prodigarse, está ausente, o al menos embotado. Cuando la melancolía es profunda, la consecuencia de ello es una inacción total que, a veces, llega hasta el estupor. En las formas más ligeras, el enfermo sigue actuando, pero dice que «todo lo hace a la fuerza».

El paciente melancólico es acosado por:

1) Ideas de culpabilidad y de indignidad
2) Ideas de ruina
3) Ideas hipocondríacas
4) Ideas de persecución pasiva

Junto a los trastornos del juicio, que entrañan tales figuraciones, se advierte la retardación de todos los procesos intelectuales y, sobre todo, su polarización bajo la influencia de la perturbación afectiva. Es difícil despertar y fijar su atención; recuerda bien hechos antiguos, pero suele ser deficiente la memoria de lo sucedido a partir del comienzo del acceso. En conjunto, sin embargo, el dominio intelectual está menos alterado que el de la afectividad.

La personalidad moral, por el contrario, está profundamente afectada: no halla acceso a sus modos de existencia más elevados y, aunque el melancólico invoca en toda ocasión la ley moral, es incapaz de ponerla en práctica.

El humor melancólico rige igualmente la conducta y las reacciones. El comportamiento del enfermo no es desordenado ni extravagante; en ocasiones aparece incluso particularmente normal y correcto; pero, en todos los casos, se impone una desconfianza extremada, pues siempre es de temer un suicidio paroxístico o a menudo premeditado, minuciosamente preparado y disimulado, y que ejecuta con increíble sagacidad.

Determinadas particularidades de la sintomatología conducen a individualizar tres formas clínicas distintas de la forma habitual de «depresión melancólica», que acabamos de describir:

1.  Estupor melancólico.
2. Melancolía ansiosa o agitada; la ansiedad se manifiesta al despertar, asaltando al enfermo en el momento en que toma conciencia o, bien, aparece por accesos más o menos largos y repetidos, frecuentemente provocados por un acontecimiento exterior, una conversación que trae un recuerdo penoso; pero, en la forma ansiosa, no da tregua al enfermo quien vive en un estado perpetuo de «dolor activo», de desvarío, de desesperación.
3. En la melancolía delirante la autoacusación conduce al enfermo a reconocerse como un criminal, un fracasado en todos sus emprendimientos. En síntesis, la ruina es total y consumada.

Un conjunto de signos físicos completa el cuadro clínico de la melancolía. Tales signos, por lo demás, no tienen nada de patognomónico: el insomnio es casi constante, y se manifiesta, con predilección, en la segunda mitad de la noche; se notan a veces cefaleas y algias diversas, viscerales o periféricas; a veces, los reflejos están disminuidos y, con más frecuencia, frenados por un estado de tensión muscular permanente. Muchas veces hay estreñimiento y un pesado estado digestivo; la circulación está retardada a nivel de las extremidades, que se hallan frías y cianóticas; el pulso es débil, y los ruidos del corazón están apagados, pero la tensión arterial suele estar por encima de lo normal.

Por su parte, la medición de parámetros bioquímicos indica que hay importantes  cambios en el metabolismo de las porfirinas, expresados en el descenso de las catecolaminas, en algunos sectores del cerebro, o en la variación de dehiodroxicorticoesteroides, o en el aumento de sodio intracelular y en el déficit de potasio. En otras palabras, se puede hablar de una bioquímica de la melancolía revelando que en la misma está alterado el biorritmo del sistema neuroendócrino. Esta bioquímica explicaría por qué la mejoran los medicamentos que aumentan la actividad de las catecolaminas, como lo hacen la mayoría de los fármaco antidepresivos.

Entre las numerosas causas que producen las enfermedades del alma, me interesa mencionar especialmente la debida a los abusos emocionales; golpes invisibles que lastiman el alma en forma permanente. Adultos que han sido heridos de esa manera sufren, en silencio, su estupor melancólico o su melancolía ansiosa o delirante, de acuerdo con la injusticia de la afrenta. Más grave es el cuadro en los niños; victimas inocentes que crecen hasta ser adultos con problemas emocionales que naturalmente afectarán su autoestima y sus relaciones con los demás: en la familia, en la escuela, o en el trabajo.


 

 

 
 
 

(*) Osvaldo René Pamparana es Bioquímico procedente de la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata. Es autor de numerosos artículos, ensayos, cuentos y novelas breves. Por su labor cultural recibió, entre otras distinciones el premio Santa Clara de Asís y fue nombrado Ciudadano ilustre de la ciudad de La Plata. Se presentarán los capítulos sucesivos de su libro La Medicina y el Arte Correspondencia a: opamparana@lpsat.com


 
 
 
   
  Versión web 2.0
Medicina & Cultura es un suplemento de Clínica-UNR.org
© 2007 - 2011 Todos los derechos reservados