Relato

 
 
Ausente sin aviso.

Federico Ferroggiaro. (*)

 
 

 

 
 

Atendió. De la escuela nocturna le preguntaron por qué su marido no había ido a la mesa de examen. Acabo de llegar a casa y él no está: los lunes tiene clases ahí, con ustedes. La secretaria abrevió la conversación, palpitando que se había inmiscuido en una zona peligrosa. Consiguió cortar, conteniendo el impulso de responder con hostilidad al desconcierto de la esposa, y le informó a la directora que el profesor Boris Dovric no se encontraba en su domicilio. Le pusieron el ausente, por supuesto, y completaron el tribunal con la profesora de biología que, si bien no entendía de la materia a examinar, por lo menos estaba presente y se mostraba voluntariosa, dispuesta a cubrir el lugar del ausente.

      Por su parte, ella, metódica, esperó hasta quince minutos después de la hora de regreso habitual de su marido para llamarlo al celular. Sí, me demoré en la escuela. Tuve mesa de examen y viste… nunca se termina a horario. No desconfió, pero aludiendo a la falta de educación de la secretaria, mencionó el llamado que había recibido preguntando por su paradero. Boris se rió. No me digas, Natasha, no me digas que te llamaron porque no me encontraban… ¡qué boludas!, y siguió riéndose porque realmente debía encontrar graciosas esas confusiones que generan los administrativos de las escuelas. Sin embargo, Natasha cenó sola, miró la novela, se duchó, y su marido seguía sin regresar, lo que no sólo era inusual sino también, verdaderamente, alarmante. Volvió a telefonearlo al celular y, aunque sentía que sonaba, incluso hasta le parecía escuchar por ahí, muy cerca, el sonido de la campanilla, él no atendió ni al segundo, ni al tercer intento. Buscando una explicación lógica, que pudiera serenarla, se quedó dormida con la colaboración de un sedante.

     Después de pasar por el baño, lo primero que hizo, a la mañana siguiente, fue probar otra vez al número de su marido. Apenas alcanzó a terminar de marcar. Estoy entrando a clases, Natasha… ¿todo bien? A ella no le apetecía ser cargosa, pero el suceso de la noche anterior merecía, por lo menos, un relato que aclarara los aspectos neblinosos. No… ¿por qué no volviste anoche? ¿dónde estuviste?, preguntó arrepintiéndose de inmediato porque odiaba las inquisiciones y los malos entendidos. Otra vez, franca y estruendosa, oyó su risa. Si no te hubieras dormido tan pronto no preguntarías eso, le contestó con un posible tono de reproche. Natasha revisó el departamento, las dos habitaciones, el living y el baño, y no halló indicios de que su marido hubiera vuelto. En absoluto. Ni una camisa sucia, o la muda de ropa interior, ni las sábanas arrugadas en su lugar en la cama.

No pasó un buen día. Anduvo inquieta, distraída, temerosa. En la oficina, discutió con un afiliado, y el episodio, trivial, le provocó una crisis de llanto. En las pausas de la atención, telefoneó a su casa ansiando que él atendiera. No tuvo éxito y, entonces, el malestar se trasladó a su rostro, evidentemente, porque dos compañeras le preguntaron si se sentía mal o si estaba con la regla. Tampoco lo encontró al regresar y, de nuevo, la asaltaron, como una manga de langostas, los pensamientos angustiantes y fatales. Se tragó dos píldoras, con el estómago vacío, para ahuyentar las sugerencias de la parte más oscura de la consciencia. Despertó, con la habitación revestida de luz, sudada y descompuesta. Apenas pudo incorporarse, repitió la pesquisa de la mañana precedente reincidiendo en el fracaso. Nada, y eso que había rezado por un rastro que la liberara de la angustia, de la certeza que se solidificaba.

Avisó que faltaría al trabajo. Trascartón, consiguió comunicarse con él que estaba en el colectivo, yendo de una escuela a otra. ¿Qué pasa Boris, qué pasa?, se enfureció ella. No te escucho bien, se excusó él, ¿qué pasa con qué? No te hagás el boludo: hace dos noches que no dormís en casa, bramó Natasha, que, a esa altura, a la sensación de abandono le sumaba la intuición de que estaba siendo objeto de burla. Nuevamente, caudalosa, desbordante, brotó la risa. Pero si dormías como una marmota, mi amor, no había forma de despertarte. Ah, no. Esa hilaridad, y la afirmación subsiguiente, sólo acrecentaban su humillación y no estaba de humor para que la tratara como una loca o una estúpida. El teléfono atravesó volando la habitación y se estampó contra la pared, junto al armario, dividiéndose en tres partes.

Los días siguieron complicados. Por los horarios, las pastillas, la rutina laboral y los trescientos pesos que pagó por el nuevo aparato. El viernes se cruzaron un par de llamadas. Como nunca era el momento oportuno para hablar, se sucedieron los resquemores y los malos entendidos. No todas las ausencias son concretas y, para Natasha, la de su marido podía calificarse como evanescente o ingrávida; tal vez, incompleta, porque de alguna forma, en algún sitio, lo encontraba. Pero tampoco se vieron el fin de semana. Sí volvieron a hablarse y Boris siguió jurándole, con naturalidad persuasiva, que, a diario, regresaba al hogar en común, que no fuera paranoica, que no había algo extraño. Al volver del Shopping, el domingo, Natasha se alegró de encontrar salpicada la tabla del inodoro. Éso, paradójicamente, la alegró, le inyectó una dosis mezquina de esperanza. Hasta se entusiasmó pensando que cenarían juntos, pero con las horas la ilusión se fue desmoronando.

Sin embargo, no hubo cambios. Natasha pasó del desconsuelo a la rabia y, cada vez más irascible, trataba de extirparle una confesión que él no estaba de acuerdo en brindarle. También Boris se puso violento, tajante. Las escenas telefónicas le amargaban la vida, le dijo, y él no iba a tolerar que ella lo hiciera sentir culpable de sus delirios, de sus obsesiones, de ese deseo de absorberlo y quitarle la poca libertad que le quedaba. Hubo silencio de ambos lados. Jornadas que prolongaron la ausencia, y Natasha, impaciente, se empecinaba en que él tuviera algún gesto conciliador, que bajara la cabeza, que se disculpara. Pasa en las parejas eso de que se llega a un punto en que la incomunicación es absoluta, irreversible, inexplicable. Y si nadie cede, si ninguno retrocede, la ruptura es inevitable.

Una de esas noches, al volver de su oficina, sintió que le bajaba la presión a pocos pasos de la entrada de su casa. Supo que estaba por desvanecerse cuando un peatón se acercó para ayudarla. En otras circunstancias lo hubiera rechazado, pero antes de caer en la intemperie y quedar expuesta a otros peligros, eligió dejarse acompañar por la amable solicitud de ese extraño. Él la ayudó a acostarse, le llevó un vaso de agua y las píldoras, apagó la luz y dijo unas palabras convencionales. En la penumbra, en el fragor del mareo, Natasha sintió una caricia fría recorriendo su muslo tembloroso. No opuso resistencia, no tenía fuerzas, ni le interesaba. Una boca, también gélida, helada, humedecía su cuello en una succión quizá apasionada. Las cosas pasan, pensó Natasha, mientras blandamente se entregaba al posible amor de un fantasma.

 

 


 

 

 
 
 

((*) Federico Gonzalo Ferroggiaro es Periodista / Profesor Universitario en Letras (U.N.R.) Encargado de prensa de la U.T.N. - Rosario y docente. Obtuvo, entre otras distinciones, el Segundo Premio Ciudad de Rosario (2008) que consistió en publicación de su libro de cuentos "El pintor de Delirios" (Editorial Municipal de Rosario, 2009)


 
 
 
   
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