Medicina y Cultura en el Congreso de Medicina Interna 2013

 
 
¿Por qué Medicina y Cultura?

Por Amalia Pati. (*)

 
 

 

 
 

Durante los días 11, 12 y 13 del mes de julio se llevó a cabo, en nuestra ciudad, el Congreso Internacional de Medicina Interna. Quiero transmitir por este medio la participación de Medicina y Cultura en el evento. Y quiero transmitirlo a los lectores, en especial, porque considero que no es un hecho menor que Medicina y Cultura, que hacemos en la Cátedra de Clínica Médica desde hace siete años, haya estado presente, por primera vez, en este importante congreso que se realiza cado dos años en Rosario.. Lo señalo porque me parece que significa un cambio y, quizás, un progreso.
A continuación, mi presentación.

Dos definiciones de cultura: la 1° tiene que ver con el saber popular que identifica “lo cultural” con aquellas personas que gozan de un abundante conocimiento en distintas áreas: ser culto. La otra, la que proviene de la Antropología social, define la cultura por aquel producto propiamente humano que nos diferencia de otros animales: la religión, el arte, la economía, el derecho, la educación y, también, la medicina, son productos culturales.

El título ¿Por qué M&C?, que lleva esta presentación, me pareció adecuado  porque en él se condensan las razones de esta unidad, una pregunta a la que intentaré dar alguna respuesta que, por cierto, no es original, pero que lleva implícita mi experiencia personal en este aspecto.

Cuando me invitaron a participar, recordé algunas situaciones de mi época de estudiante de medicina, una época en la que relacionar esta pareja, medicina y cultura, era impensable. Algunas situaciones, para nada ejemplares, ilustran aquellos tiempos  para nada ejemplares. No es que quiero volver hacia atrás en la historia; sin embargo, para comprender las necesidades actuales de la formación médica es vital ubicarse en el abismo que hay entre la medicina actual y la de hace algunas décadas.

Recordaba que, cuando cursaba algunas materias de la carrera que se desarrollaban mediantes trabajos prácticos con pacientes, los docentes nos enseñaban, y se lo hacían saber a los pacientes, ante la menor resistencia a ser examinados– que ellos tenían la obligación de prestarse a ser “interrogados” y examinados por los alumnos porque estaban internados en un hospital-escuela, cuya función primordial era la formación de profesionales médicos, y ellos debían de colaborar para eso. Reflexionando, con el tiempo y a la distancia, sobre estas actitudes, me di cuenta  de que eran, nada más y nada menos, que eufemismos por: está enfermo y carece de recursos, luego, estos son los costos que tiene que pagar. Por fortuna, en general, hasta la palabra interrogatorio ha quedado atrás para ser reemplazada por la de entrevista y, quiero creer, que nadie obligará ya a los pacientes a ser objeto de estudio aun en contra de su voluntad. Pero no todo ha pasado. Hace sólo algunos días, en una conversación con mis alumnos sobre estos temas, una alumna, muy joven, repitió aquellas palabras de mis docentes sobre el “hospital escuela”. Y, si todos se niegan, ¿cómo aprendemos nosotros?.

Mi primera respuesta fue “en los libros”.  Es evidente que hay una cuestión cultural transmitida y que han asimilado también los más jóvenes de que la función primordial del hospital es formar médicos y no atender pacientes. O, quizás, la alumna nunca leyó los objetivos de la nueva currícula.

¿Por qué vuelvo al pasado?, entonces. Porque hasta hace poco tiempo estaba en vigencia el viejo modelo flexneriano de principios de siglo, un modelo  con un enfoque biologista  y que sostenía, prácticamente, que el único lugar para el aprendizaje de la medicina era el hospital.

Un modelo apoyado en corrientes del pensamiento que surgieron en la segunda mitad del siglo XIX, en particular, en el positivismo comtiano, filosofía que prometía superar el oscurantismo y la parálisis epistemológica en que estaba sumida la práctica médica; una corriente de pensamiento que tuvo un gran predicamento en las ciencias de la salud hasta hace unos años. Y quizás lo tenga todavía en algunos.

Estas corrientes identificaron al médico con el científico, y a la medicina con la ciencia. A tal punto que el ingreso a la facultad de medicina incluía cuatro materias: física, química, matemáticas y biología. Nada sobre el hombre más allá de su cuerpo. Cualquiera que ingresara a esa universidad, tenía todo el derecho de pensar que iba a ser un científico. De ahí que hasta hace un tiempo atrás se creía que la enfermedad y los enfermos eran patrimonio exclusivo de los médicos y de la medicina. Y no sólo no son patrimonio exclusivo sino que ambos son compartidos en partes iguales por múltiples disciplinas y por múltiples áreas de la cultura. Desde hace más de dos décadas, la enfermedad entró a formar parte de la historia socio-cultural de Ámerica Latina. Y de ella se ocupan los antropólogos, los sociólogos, los críticos culturales, los filósofos, los políticos, los economistas, y también los médicos. Como dijo el historiador Diego Armus, “todos ellos parecen coincidir, con énfasis dispares, en que una enfermedad es algo más que un virus o una bacteria.”

Recuerdo, también, de mis tiempos de estudiante, que oí hablar, por primera vez, de empatía, en Clínica médica; una palabra que hoy repetimos a menudo como base de una buena relación médico-paciente. Vislumbré, entonces, una contradicción entre la teoría y la práctica.

Aunque ya sea una antigüedad, siempre que hablamos de medicina y cultura, o de ciencias y humanidades, citamos a C.P. Snow y a su polémica conferencia titulada “Las dos culturas y la revolución científica”, de mediados de siglo XX. Pero, casi nunca decimos que la polémica y el interés de Snow, al abordar lo que él llamaba un abismo entre las dos culturas - entre los científicos y los intelectuales literarios (así los llamaba) - tenía su base en un anhelo de signo contrario a lo que se busca en la actualidad, pues a pesar de que él era novelista, tenía una cierta antipatía por los intelectuales literarios: Su principal objetivo era elevar el estatus de la ciencia y abogar por aumentar el conocimiento de los no científicos en esa materia, y no a la inversa. Sin embargo, a pesar de las controversias, se debe de reconocer que fue el puntapié inicial para  esta discusión sobre la necesidad de acercar las dos culturas, que aun hoy continúa.

Vale la pena recordar que esta controversia, a la que se refería Snow, tuvo sus primeras manifestaciones a fines del siglo XIX, entre los más encumbrados literatos, que defendían la educación clásica, y aquellos que promovían la educación científica, con el argumento de que la ciencia formaba parte de la cultura y ofrecía un riguroso entrenamiento mental, así como una colaboración muy valiosa para el bienestar nacional. Éste era el naturalista y anatomista T.H. Huxley. En el otro extremo, Matthew Arnold, el mayor hombre de letras de la Inglaterra victoriana, insistía en que “una capacitación en las ciencias naturales podía dar un especialista valioso en la práctica, pero que no podría resultar un “hombre instruido”: para ello, la literatura seguía siendo indispensable”.

Quizás las intenciones de Huxley eran muy buenas, pero tengo muchas dudas de que la universidad que tuvimos en el siglo pasado apuntara al bienestar nacional; al menos, no lo logró. En cambio, estoy convencida de que aunque, por cierto, el objetivo primordial de incluir las humanidades como parte de la formación médica es la atención de los enfermos, debe de formar parte de nuestros objetivos proporcionar al futuro médico una formación integral que lo convierta en un hombre instruido. Con este objetivo, no queremos llegar al extremo de Sir W. Osler quien pretendía que el médico se formara de tal modo que se convirtiera en un gentleman.

Más allá de los deseos, la cultura en la vida del médico tiene un objetivo mucho más pragmático. ¿Por qué estamos cada vez más convencidos de que el médico debe tener una formación cultural amplia y no sólo conocimientos técnicos que lo acrediten para ejercer la profesión?. Tiene que ver con el abismo en que se ejerce actualmente la profesión con respecto al siglo pasado.

Los tiempos actuales son cada vez más problemáticos para la práctica médica; el impresionante desarrollo tecnológico, la superespecialización de la medicina, internet, la proliferación de medicinas alternativas, la disconformidad de los pacientes, los cuestionamientos y la desconfianza hacia la ciencia, y otras cuestiones que todos los médicos conocemos, tornan imperativo un cambio trascendental en el ejercicio de la medicina que podría sintetizarse en una vuelta al médico humanista. Puesto que la ciencia y la técnica no son antagónicas al sentimiento humano sino complementarias, la medicina moderna tiene  la tarea de relacionarlas en forma equilibrada en beneficio de su paciente, lo que fundamenta la necesidad  de su inserción en el proceso de formación de estos profesionales.

La experiencia demuestra que el crecimiento personal, a partir de otros saberes culturales que potencian la ampliación de los valores cognoscitivos y estéticos, apunta a crear cualidades más sensibles y humanas. La sensibilidad, cualidad rectora del humanismo médico, es la tendencia natural del hombre a sentir emociones y capacidad para captar valores estéticos. El ejercicio continuo de la medicina sin una formación en las humanidades que nos apuntale, lejos de hacernos sensibles, nos hace cada vez más duros frente al dolor del otro.

Es necesario lograr que el médico tenga los elementos necesarios que proporciona el recurso a las humanidades, en su formación, al lado de la técnica, sobre todo por su capacidad para suscitar reflexiones sobre el sufrimiento derivado del enfermar, la pobreza extrema, la violencia, el morir y la muerte, todos asuntos existenciales cuya significación más allá de lo biológico, no suele ser abordada en los cursos de las disciplinas médicas "clásicas".

No deja de ser extraño que el médico, quien está constantemente en contacto con el dolor y la felicidad; el nacimiento y la muerte, y ese momento, el de mayor vulnerabilidad del ser humano, carezca de una formación integral en la carrera. Ya no se discute que la educación requiere del arte como uno de los elementos formativos de la personalidad. Un profesional más culto y sensible en todas las esferas de su actuación.

Lo anterior sugiere la pertinencia de introducir elementos  artísticos en el proceso de formación del individuo, lo cual ha sido también abordado desde el punto de vista psicológico. Vigotsky en su obra Psicología del Arte,  muestra  la función del arte en la vida de la sociedad y en la vida del hombre como ser socio-histórico, demostrando precisamente la influencia de los aspectos culturales en la esfera cognitiva y motivacional de los individuos, así como el carácter transformador de las obras artísticas en el ser humano. El autor considera que al igual que un procedimiento artístico provoca la metamorfosis del material de la obra, puede provocar asimismo la metamorfosis de los sentimientos… (Vigotsky, 1987:9). El significado  de esta metamorfosis de los sentimientos consiste, según Vigotsky, en que éstos se elevan sobre los sentimientos individuales, se generalizan y se tornan transformadores de la sociedad. De manera que los elementos artísticos como parte esencial de la cultura general  enriquecen la formación humanista expresada en un modo de comportamiento integral.

Uno de los mayores problemas de insertar las humanidades en la carrera de medicina ha sido el qué y el cómo, es decir, qué humanidades deberían formar parte de la formación del médico y cómo se llevaría a cabo.

En nuestra facultad, con el cambio de plan, apoyado en un nuevo paradigma, que plantea objetivos diferentes en cuanto a la formación del médico: un médico de APS, capacitado en diversas áreas pero con una formación humanística, se modificó la currícula y se agregaron materias electivas, que son seminarios de diversa índole, como La problemática de la relación médico-paciente, Ética, Historia de la Medicina, Psicología, Seminario sobre la muerte y otros. El inconveniente quizás esté en la elección de los alumnos que todavía creen que la formación humanística es inútil y que la medicina es una ciencia dura. Según Alberto Mainetti, un especialista y un precursor en este tema, las humanidades médicas son “un conjunto de disciplinas inspiradas en un común proyecto humanista (humanismo médico) e integradas al estatuto epistemológico de la medicina en cuanto ciencia del hombre (antropología médica)".
Mainetti afirma que son seis las disciplinas que se consideran como Humanidades Médicas paradigmáticas: Historia (la tradición), Filosofía (lo especulativo), Teología (lo espiritual), Literatura (lo imaginario), Lingüística, Retórica, (lo evocativo) y Ética (lo normativo).

Rita Charon, a quien conocimos por una videoconferencia en la que la entrevistó el doctor Mauro Tórtolo, opina que los médicos somos permanentemente exhortados a ser empáticos y compasivos, a ser buenas personas, pero nadie nos dice cómo hacerlo. Convencida de que se aprende, creó la cátedra de Medicina narrativa en la universidad de Columbia. Convocaron a la gente del Departamento de literatura a la capacitación médica. Gente que sabe cómo leer y escribir, no para enseñarles a los jóvenes médicos a ser grandes novelistas, - dice Charon - sino la forma de obtener los significados de la historia clínica, ya sea escrita u oral. “Ésa es la habilidad que queremos introducir en la capacitación de todos los médicos, enfermeros, asistentes sociales y fisioterapeutas, y sabemos cómo hacerlo”.

“Escribir es componer, escribir es crear, escribir me da acceso a mí a aquello que he visto. Es posible que otros lo hagan a través de la fotografía, o la pintura al óleo o la escritura. Y estoy aprendiendo cada vez más acerca de la teoría estética y la visualizo porque lo comprendo. Pero vemos cómo la escritura, cómo la representación y la atención tienen que trabajar juntas. Es un espiral, uno no puede lograr la atención sin la representación, y la representación permite mayor atención, y la atención permite una representación más precisa. Y juntas elevan torres de afiliación entre el médico y el paciente, entre el médico y la familia, entre los pediatras que escriben seminarios, entre el hospital y la comunidad, entre la Medicina y la cultura, todas estas afiliaciones.  Si la atención en la representación no se transforma en afiliación, no tiene sentido. La afiliación es el objetivo.  La atención y la representación, si no se convierten en afiliación, son solipsistas y narcisistas y vacías”. 

A.Vera Delgado (2004), llama la atención acerca de  lo importante  que es para la medicina del siglo XXI “…contar nuevamente con un grupo de diletantes médicos ocupados en transmitir ciencia y arte, humanismo y medicina, en vigorosa simbiosis que le permita al paciente disfrutar del más riguroso cientificismo pero también de la generosa disposición anímica del humanista intelectualmente enriquecido.

Empecé hablando de mi propia experiencia, que quizás no sea reproducible puesto que no muchos médicos pueden realizar una segunda carrera. Sólo quiero decir, al respecto, que hay, para mí, un antes y un después de mi incursión en las humanidades, y lo que significó para mi práctica como médica. Y agregar que aprendí mucho más sobre tuberculosis en La montaña mágica que en toda la carrera.

Bibliografía
1.Alfonso Ballesteros, M. A. y col; “El humanismo y la cultura en la carrera de Medicina” en Odiseo (Rev . de Pedagogía); Año 8; N° 5; jul-dic/ 2010.
2. Armus, D.; La ciudad impura; Buenos Aires: Edhasa; 2007
3. “¿Qué es la medicina narrativa” . Rita Charon (videoconferencia) en Comunicación en Medicina. Jornadas IntraMed- Clínica UNR; 2011.
4.Entre médicos y curanderos; Diego Armus    (ed.); Buenos Aires: Norma; 2002.
 5.Márai, S.; La Hermana; Barcelona: Salamandra; 2007.
 6.Pati, A.; Una enfermedad romántica; Rosario: EMR; 2006
 7.Roth, P.; La humillación; Barcelona: Mondadori; 2010.
 8.Snow, C.P.; Las dos culturas, Buenos Aires: Nueva Visión; 2000.

 

1 Dos definiciones de cultura: la 1° tiene que ver con el saber popular que identifica “lo cultural” con aquellas personas que gozan de un abundante conocimiento en distintas áreas: ser culto. La otra, la que proviene de la Antropología social, define la cultura por aquel producto propiamente humano que nos diferencia de otros animales: la religión, el arte, la economía, el derecho, la educación y, también, la medicina, son productos culturales.

 


 

 

 
 
 

(*) Amalia Pati es médica clínica y licenciada en letras. Colaboradora de la revista de Letras de la Facultad de Humanidades y Artes - UNR y coordinadora de esta edición. Obtuvo el segundo Premio en el Primer Concurso Municipal de Ensayo 2005 con el ensayo: La tuberculosis y sus “metáforas” en el siglo XIX y principios del siglo XX: un debate abierto. Correspondencia a: pastoritap@yahoo.com.ar


 
 
 
   
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