Comunicación saludable

 
 
Vivir con tartamudez: ¿cómo enfrentar un derecho humano?

Por Guillermo Marín. (*)

 
 

 

 
 

Vivir con tartamudez: ¿cómo enfrentar un derecho humano?
Por lo general, la tartamudez implica para los afectados un obstáculo en las relaciones sociales. Los disfluentes sienten que la sociedad no les da tiempo para hablar. Derechos y responsabilidades de quienes intervienen en una comunicación.

Jorge, un chico gordo, salpicado por el acné, con anteojos que le cubren casi la totalidad del rostro, se sentaba todos los días, en el mismo banco, solo, en el fondo del salón. La maestra sabía que arrancarle una palabra de la boca implicaba una tarea titánica, tan trabajosa como acallar a los demás niños cuando arrojaban, como frutos podridos, sus carcajadas. El chico gordo de anteojos intuía que su lenguaje oral estaba roto: la severa tartamudez lo había empujado, primero, hacia el interior de un laberinto de sonidos fragmentados, luego, al silencio total. Sin embargo, ese chico de apellido Borges, pronto se convertiría en uno de los mayores escritores y oradores de habla hispana, y devoto del escritor Miguel de Cervantes, acaso tan tartamudo como él.

Los disfluentes, (término científico con el que se reconoce a aquellas personas con trastornos de la comunicación oral, y que se caracterizan por tener interrupciones involuntarias en la fluidez del habla) recurren a incontables modos de expresión  cuando tratan de disimular su problema: toser, esquivar la mirada o, bien, elegir el silencio para no ser descubiertos. Sin embargo, los especialistas en dificultades del lenguaje verbal aseguran que eligiendo los tratamientos adecuados, el paciente mejora hasta en un setenta por ciento su defecto.

A la pregunta ¿qué es la tartamudez?, los expertos responden casi al unísono: es un trastorno del funcionamiento motor del habla, de base biológica –al hemisferio cerebral izquierdo le cuesta mantener los comandos del habla-, que se desencadena por factores de tipo motor, lingüístico o afectivo. Según cifras oficiales, existe alrededor de un millón de personas que tartamudean en la Argentina (un 1,5% de la población mundial padece disfluencia). Por supuesto, no hay estadísticas que informen acerca del grado de tolerancia que tiene el resto de la sociedad con aquellos que poseen esta clase de desorden. En mayor o en menor medida, toda comunidad tiende a excluir a los habitantes que no se ajustan al patrón que establece el sistema: somos parte de una sociedad que no tiene tiempo de escuchar al “otro”. Y en el peor de los casos, nos burlamos a costa de las limitaciones y los defectos del prójimo como si, ensañándonos contra quienes padecen alguna anomalía, nos vacunáramos contra el riesgo de contraerla.

Hablando claro. Emanuel tiene 19 años. Pertenece al grupo de disfluentes de la Asociación Argentina de Tartamudez (A.A.T.). Vive en Merlo, junto a  sus padres. Comenzó a tartamudear a los seis años. “Al principio no lo veía como un gran problema –dice- pero ya tengo 19 años y me está dificultando conseguir trabajo. Tengo muchas ganas de incorporarme al mercado laboral, pero siento que siempre estoy pendiente de la mirada del otro,  de lo que pensará fulanito o sultano”.

Para Carolina, de 32 años, su disfluencia no es un defecto extraño. “Así como podés tener un inconveniente en el habla, también lo podés tener en cualquiera de los otros cuatro sentidos”, dice. “Pero la mayoría de las personas no lo entiende; piensan que somos menos inteligentes o algo tontos”.

Defecto tabú, los prejuicios sobre las personas que tartamudean posee un antecedente histórico: en la Grecia clásica, Demóstenes (384-322 a. C.), quien era objeto de burlas por su disfluencia, luchó contra esa condición hasta convertirse en uno de los más grandes oradores de la época. La historia cuenta que el locutor ateniense se colocaba piedras en la boca para lograr que su dicción brotase con mayor lentitud y, con ello, mejorar la naturalidad al hablar. Algunos historiadores también mencionan a Moisés como un probable tartamudo debido a que le dijo a Dios que era “Lento de habla; lento de una lengua lenta” y que hacía hablar a su hermano Arón por él.

A pesar de los logros terapéuticos obtenidos, quizás sorprenda lo poco que en la Argentina se ha alcanzado en materia de inclusión social sobre las personas con este tipo de dificultades. “No existe en nuestro país una legislación específica referida a la disfluencia. Pero puede suscribirse a la Ley contra la Discriminación que engloba a todas las diferencias y capacidades especiales”, me explica Beatriz Biain de Touzet, fonoaudióloga, Presidenta Honoraria de la A.A.T.

Los disfluentes adultos suelen relatarle a los especialistas un conjunto de experiencias traumáticas que padecen o padecieron a lo largo de sus vidas (en la película El discurso del rey (2010), el personaje, un tartamudo severo, confiesa una serie de traumas sufridos en su niñez y juventud).  En la etapa escolar, por ejemplo, las vivencias dolorosas van desde las burlas de sus compañeros y la incomprensión docente (en general, los maestros y profesores no le dan al alumno el tiempo necesario para expresarse), hasta la frustrante situación del rechazo laboral (si bien no es recomendable que un disfluente trabaje en un call center, jamás queda explícito el motivo de la repulsa en otro tipo de actividades). A primera vista, pareciera ser que ser tartamudo implica haber recibido una condena bíblica, donde la mejor arma contra el mal es ocultarlo con la misma fuerza con la que se intenta darle claridad a las palabras.

¡Tengo derecho! “Nunca hay tiempo para brindarle a una persona como yo”, dice Roberto, de 26 años. “La gente no te da tiempo para escucharte. Las pocas entrevistas de trabajo a las que asistí, los entrevistadores apenas me miraban a los ojos; parecía que se tenían que ir a una cirugía de emergencia”, explica al confesar que aquellos que tienen tartamudez deben luchar por el derecho a ser escuchados en cualquier circunstancia, dado que no hay una ley que multe la lentitud de un hablante. Con todo, el derecho a tartamudear, sin importar el grado de la dificultad, también debe atender la facultad de reparar los agravios sufridos ante la falta de un trato digno.

¿Soy responsable? Por supuesto, quienes enfrentan un problema de disfluencia deben considerar que los oyentes o participantes en una conversación pueden no estar informados acerca de la tartamudez y sus consecuencias, o derivaciones; o que  tengan diferentes puntos de vista de los que posee la mayoría de los disfluentes. Pero, según los especialistas, es vital informar a los oyentes o participantes de una conversación, si uno necesita más tiempo para comunicarse.

¿Cómo tratar la tartamudez? Estudios recientes indican que, en los adultos, y en especial en los niños, la dificultad pude mejorarse y arrojar pronósticos alentadores. Si bien, desde entonces, tanto las terapias como la prevención alcanzaron importantísimos avances, a la fecha, en los adultos, no se ha logrado curar la tartamudez. Aunque no todos los especialistas concuerdan, cuando se trata de definir las causas que la provocan, investigaciones revelan que una de sus causas es neurofisiológica. “Padecen este trastorno cinco varones por cada mujer. Hay un elemento hereditario ligado con el sexo, pues se debe a una utilización distinta de las zonas cerebrales relacionadas con el lenguaje”, aclara Touzet. Además, algunos especialistas aseguran que el exceso de una hormona llamada dopamina, en el cerebro, influye en la disfluencia.

Los fonoaudiólogos explican que, cuando el trastorno está instalado, el objetivo es darle al paciente técnicas que lo ayuden a hablar más cómodo y sin tensión: el punto está en aprender a hablar más sencillo, es decir, abolir toda clase de discursos atiborrados de estructuras oracionales complejas. Del mismo modo, los especialistas trabajan sobre las emociones ligadas al habla: la persona quiere hablar, pero el miedo a hacerlo la obliga a quedarse callada. Mientras más se cubra y se trate de ocultar el problema, más se tartamudeará. Entonces, como una paradoja frente al inconveniente, es vital elegir cómo tartamudear. “Uno puede preferir hacerlo con muy poco esfuerzo y sin tensión”, propone Joseph Sheehan, experto en trastornos del lenguaje, autor de Mensaje al tartamudo.

La disfluencia no es una enfermedad. Pero sí, una dificultad que puede producir  angustia sobre quienes la padecen. No obstante, las claves radican, muy por encima de todo, en aceptarse a sí mismo y en tomar el desafío de tener, siempre, algo para decir.

A los niños disfluentes se los puede ayudar, sobre todo, en el ámbito familiar, aconsejando a sus padres practicar algunas medidas simples:
1.  Hablar con su hijo de un modo lento y pausado. Dejarlo que termine lo que está diciendo y espere unos segundos antes de empezar a hablar nuevamente. Hablarle lento y relajado ayudará al niño mucho más que cualquier crítica o consejo como por ejemplo “hablá más lento” o “intentalo nuevamente, más despacio”.
2. Reducir la cantidad de preguntas que se le hacen al niño. En lugar de hacer preguntas, simplemente, hacer comentarios sobre lo que el niño ha expresado.
3. Utilizar expresiones faciales y cualquier tipo de comunicación no verbal para comunicarle al niño que se está escuchando el contenido del mensaje y no cómo lo está diciendo.
4.  Disponer de algunos minutos del tiempo familiar, cada día, para brindarle total atención al niño. Este momento de tranquilidad y calma puede ser constructor de confianza para los niños más pequeños, permitiéndole saber a ellos que los padres disfrutan de su compañía.
5.  Ayudar a todos los miembros de la familia a aprender sobre la toma de turnos y a escuchar. Los niños, especialmente aquellos que tartamudean, encuentran este modo de hablar más fácil cuando hay pocas interrupciones.
6.  Observar el modo en que los padres interactúan con el niño. Incrementar, en lo posible, aquellos momentos que dedican a escuchar al niño, con todo el tiempo necesario para hablar. Sobre todo, manifestar que se lo acepta como es. El apoyo familiar, como siempre, es muy valioso para acrecentar la autoestima de los niños con problemas, o sin ellos.
Finalmente, el 22 de octubre se celebra el día internacional de la toma de conciencia de la tartamudez.

Información
La Asociación Argentina de Tartamudez responde consultas en: http://www.aat.org.ar/. O en Senillosa 730, CABA, con consultas gratuitas 2dos y 4tos sábados  de cada mes de 10.00 a 13.00. Secretaría: 4923-6282.
 También en www.tartamudez.org, hay mucha información que ayuda a saber más sobre problemas en el habla.

 

 

 


 

 

 
 
 

((*) Guillermo F. Marín es Licenciado en Periodismo Profesor en Letras y Ciencias de la Comunicación Corrector y Crítico Literario Columnista y corrector de la Revista Conexión Abierta y Diario Cultura para la Salud, U.A.I Secretario Técnico de la Facultad de Medicina. UAI


 
 
 
   
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