Homenaje

 
 
Carlos A: Gianantonio. Elogio de la niñez

Por Guillermo Marín. (*)

 
 

 

 
 

Waldo Emerson Nelson, uno de los fundadores de la pediatría norteamericana, dijo en una visita a la Argentina: “Durante su residencia, yo le enseñé a Gianantonio; desde entonces, Gianantonio siempre me enseñó a mí". Es que para Carlos Arturo Gianantonio, nacido un 19 de agosto de 1926, recibido de médico con honores, ex presidente de la Sociedad Argentina de Pediatría, miembro fundador de la Sociedad Argentina de Nefrología y de la Sociedad Latinoamericana de Investigación Pediátrica, y Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, éste y otros reconocimientos no hacían otra cosa que intimidar su modestia. Porque están las anécdotas, y las anécdotas cuentan que Carlos leía cien páginas en cuarenta minutos. Que le gustaba la pesca y la ruleta. Y que era un hombre callado, que rechazaba los homenajes y cualquier tipo de gratitud hacia su persona. Que prefería huir de los aplausos. Pero están los hechos, y está lo que dice un colega que cuenta que el Tano, como lo llamaban sus compañeros y amigos, era un médico que practicaba a diario el “pensamiento diagonal”, una manera no tradicional de diagnosticar una patología de forma indirecta y con un enfoque creativo. Esa particularidad de observar evidencias le había abierto las puertas en el extranjero: lo consultaban de todas partes del mundo cuando en los libros languidecían las respuestas. Porque Gianantonio se pasó la vida buscando alegatos, refutaciones, aquellos argumentos entre esos seres cercanos, pero misteriosos, que son los niños. Y justamente así, con la obstinación de un labriego, consiguió rebatir un axioma en el estudio del síndrome urémico hemolítico, una patología de aparición progresiva en la infancia de la Argentina de los años 50`. Gianantonio demostró, ante el descrédito de la comunidad científica, que el Síndrome urémico hemolítico no era una enfermedad propia del riñón, sino que se trataba de un trastorno sistémico y que esa víscera era uno de los órganos de choque; una enfermedad de todo el sistema vascular. Pero están también los años en que la medicina fue una aplastante pregunta para un estudiante que tenía sed de respuestas. Carlos Arturo Gianantonio sorteó el segundo nivel educativo con una medalla de oro. Había cursado la escuela secundaria en el Colegio Salesiano Santa Isabel de la localidad de San Isidro. A principios de 1944 ingresa a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Eran tiempos fructíferos para la ciencia nacional (apenas tres años más tarde, Bernardo Houssay recibía el Premio Nobel de Fisiología y Medicina), aunque fraudulentos en cuestiones políticas: el país se caía a pedazos tras la revolución de 1943. Eso no impidió que un joven alto, de pelo rubio y rizoso, de semblante tierno, nariz prominente y bigote espeso y prolijo –siempre prolijo- emprendiera un camino largo –tenazmente largo- hacia el conocimiento humano. Porque esa idea de ir nada más que hasta el fondo de las certezas científicas, a las bases improbables de la intuición, lo atormentaba. Muchos años después, en el acto de su incorporación a la Academia Nacional de Medicina, dijo: “La búsqueda del hombre y sobre todo del hombre niño, a lo largo de muchos años, quizá demasiados, culminó en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. En él entré deslumbrado y lleno de turbación cuando adolescente, y maduré en él como persona y como pediatra”.

Gianantonio fue practicante del Hospital Gutiérrez durante ocho años, puesto que para él era mucho más importante aprender al lado del niño presente, que alzarse con un título y vivir bajo la confortable blandura de un consultorio. Al tiempo, obtenía el premio Guillermina de Oliveira César de Wilde al mejor estudiante de medicina. A mediados de 1954, con un promedio final de 9.25, recibe su diploma de médico. Un año después, con una beca del St. Christopher´s Hospital for Children, dependiente de la Universidad de Temple, Philadelphia, se incorpora como fellow en el servicio de Waldo Nelson. Las anécdotas de aquéllos años, sorprenden. Nadie había advertido, ni siquiera el jefe de residentes, que las lesiones en la piel de un paciente, que había ingresado al servicio, eran compatibles con un cuadro de leucemia. Sin embargo, a pesar de la desvalorización de todo el equipo ante el diagnóstico (más tarde pronosticaría un tétano; una enfermedad rara en EE.UU), el joven residente estaba en lo cierto: bastó un análisis para llevarse consigo el crédito de su observación.

En 1957 Carlos Gianantonio tenía 31 años. Ni bien pisó suelo argentino, pidió un cuarto en el “Niños”, con algunos trastos, y se quedó a vivir allí durante tres meses. Junto a un grupo de colaboradores, comenzó a trabajar con una técnica que revolucionaría la medicina en el país: la hidratación intravenosa, que reemplazaría a la subcutánea. También pondría todas sus energías en priorizar la nutrición del niño hospitalizado, lo mismo en la contención afectiva del paciente (abrió una sala de juegos para los niños internados, un hito en la historia de la pediatría latinoamericana) y la de su familia. Todo eso fue el puntapié inicial para la creación del primer sistema de residencias pediátricas en Argentina. Pero hay algo que fue definitorio para la carrera de Gianantonio: sus experimentos en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) como investigador principal de esa identidad. Ello le dio un prestigio que sólo un puñado de profesionales de la salud ostentaba por entonces. Pero es en el Gutiérrez donde logra identificar el S.U.H, pudiendo reconocer y establecer las modalidades de comienzo, elementos de diagnóstico, conducta terapéutica y vigilancia prolongada de la enfermedad; de modo que, a partir de 1964, el Journal of Pediatrics edita sus primeros trabajos sobre el síndrome. Sin embargo, a comienzos de 1979, y ante las discrepancias con las nuevas autoridades del Hospital de Niños, impuestas por el gobierno de facto de Jorge Rafael Videla, presenta su renuncia a la entidad estatal.

El Hospital Italiano de la Ciudad de Buenos Aires no sólo le abriría nuevamente la puerta a sus investigaciones médicas sino que lo nombraría jefe del departamento de pediatría hasta su muerte. Los hechos ocurridos en esa dependencia (por ejemplo, creó un comité de ética que sería modelo para otras instituciones) ampliarían y cerrarían la vida de uno de los médicos más activos y comprometidos con la salud social de la Argentina.

Antes de su desaparición física, Carlos Gianantonio fue incorporado a la Academia Nacional de Medicina por sus condiciones naturales (entre muchas otras cualidades) de educador del graduado. Gianantonio fue el arquetipo del maestro formador de maestros, dueño de una claridad conceptual notable para quien había priorizado la educación médica, ante el avance inusitado de la tecnología en detrimento de la relación médico paciente. Porque están los hechos que prueban que el doctor Gianantonio dedicó sus últimos años de vida a concientizar sobre los nuevos problemas de la pediatría en el mundo: la desnutrición, el abuso sexual, la pobreza, los accidentes, la deserción escolar y los trastornos de aprendizaje. “Todos”, decía, “de origen psicosocial”. Pero están las anécdotas (acaso nuestro verdadero mar de fondo) que revelan que Antonio era dueño de un humor inteligente, que recurría al chiste liviano entre sus pares y alumnos para matizar jornadas agotadoras, ante lo inevitable del padecimiento ajeno. Porque, quizás, también el hombre haya creado el humor para consolarse ante la imposibilidad de comprender el sufrimiento de un niño.

Carlos Arturo Gianantonio murió a los 69 años. El Aula Magna del Hospital de Niños lleva una placa con su nombre. Acaso algo insuficiente para un cuidador de seres humanos, después de todo.

 


 

 

 
 
 

((*) Guillermo F. Marín es Licenciado en Periodismo Profesor en Letras y Ciencias de la Comunicación Corrector y Crítico Literario Columnista y corrector de la Revista Conexión Abierta y Diario Cultura para la Salud, U.A.I Secretario Técnico de la Facultad de Medicina. UAI


 
 
 
   
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