Empatía y Arte

 
 
La empatía y la memoria proustiana

Por Carlos G. Musso y Paula Enz (*)

 
 

 

 
 

Introducción
Los instantes de la experiencia empática, epifanías del dolor y del goce, son sólo posibles porque existe la memoria sentimental, hilo conductor que atraviesa las barreras del tiempo y del espacio para trasportarnos a sensaciones primigenias inconscientes, u otras posteriores de naturaleza semejante que son. en definitiva, las que nos permiten reconocer y comprender las ajenas. Este particular mecanismo mnémico, que permite la experiencia empática, se encuentra magníficamente ejemplificado en “Por el camino de Swann”, primer volumen de la ciclópea obra En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust (1871 -1922), que analizaremos en el presente artículo.

Aspectos generales de la obra
En busca del tiempo perdido consiste en una serie de siete libros escritos por M. Proust entre los años 1908 y 1922: Por el camino de Swann (1913), A la sombra de las muchachas en flor (1919), El mundo de Guermantes (1921-1922), Sodoma y Gomorra (1922-1923), La prisionera (1925), La fugitiva (1927) y El tiempo recobrado (1927). Cada uno de ellos es una novela autónoma, pero la obra en su conjunto posee una arquitectura circular de modo que su sentido final se adquiere con su lectura completa. En el primer volumen mencionado, Proust relata, entre otras historias, su famosa experiencia de cómo, en el instante en el que saborea una magdalena embebida en tila, lo invade una sensación extrema de goce seguida por la felicidad de un recuerdo infantil hasta ese momento aparentemente perdido (el tiempo recuperado): el placentero recuerdo de los fragmentos de magdalena humedecidos en tila que su tía Leoncia le daba cuando, siendo un niño, pasaba las vacaciones en Combray, con su familia.

Proust y la memoria sentimental
El sabor de la magdalena y el aroma de la bebida, son los estímulos sensoriales que gatillan el resurgimiento involuntario del recuerdo de su infancia al encender las neuronas que codifican las sensaciones de esa inolvidable merienda, de su pueblo de infancia y sus afectos de antaño. Dichas neuronas se han entrelazado de manera inextricable, y el resultado de ello es un vívido recuerdo que logra confrontar su pasado con su presente.

Ejemplo en el texto:
[…] Pero, en el mismo instante en que aquel trago con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo en que opera el amor… ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía en mucho y no debía de ser de la misma naturaleza ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego, un tercero que ya me dice un poco menos, parece que la virtud del brebaje va aminorándose. Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él, sino en mí…

Lo que sucede en la experiencia empática es que la situación (feliz o dolorosa) vivida por el otro encuentra eco en el mundo interior de quien lo observa, y esa conexión se hace posible gracias a ese trasbordador al pasado que es la memoria sentimental. Es que solo se puede sentir lo que se reconoce, y si se lo identifica es porque se lo ha padecido; todo ser humano si está vivo es porque ha superado la más traumática y la más sublime de las experiencias: el nacimiento y el amor parental. El nacimiento implica el pasaje de un ambiente óptimo (el seno materno) a las hostilidades físico-químicas y emocionales del mundo exterior; mientras que el amor parental, al aliviarlas, hace posible la vida, como lo demuestra el desenlace fatal que se produce, por carencia afectiva, en el hospitalismo neonatal (Spitz). Todo dolor y todo placer subsiguiente, serán meras reediciones inconscientes de sus arquetipos primordiales, y espejo interior que, junto al mecanismo de la memoria sentimental, hará posible (consciente o inconscientemente) la epifanía de la empatía. Otra situación, distinta de las sensaciones particulares y del acto empático, capaz de activar los mecanismos de la memoria proustiana, son las expresiones artísticas. Éstas funcionan como mágicos conjuros que pueden trasportarnos, a través de la memoria sentimental, a nuestros más recónditos infiernos y paraísos interiores.

Conclusión
“Por el camino de Swann”, de Proust, muestra cómo funciona el mecanismo de la memoria sentimental, elemento clave en el desarrollo de la experiencia empática.

Bibliografía

  1. Proust, M. En busca del tiempo perdido; “Por el camino de Swann”. Buenos Aires: Hyspamérica; 1982.

       2)   Leherer J. Proust y la neurociencia. Barcelona. Paidós. 2010
       3)   Karothy R. Las metáforas de la locura. Buenos Aires. La Campana. 1994
       4)   Deleuze G. Proust y los signos. Barcelona.Anagrama.1995
       5)   Moran J. Proust más allá de Proust. La Plata. De la campana. 2005
       6)   Musso CG. Obras maestras del arte universal y la medicina: En busca del tiempo perdido    
de Marcel Proust (1871 -1922). Evid. Act. Pract. Ambul. 2012. 2012;15(2):58

        7)   Böse S. Hospitalism. A Current Problem ?. Monatsschr Kinderheilkd. 1992;140(12):876-9.

Véase M. Proust; “Por el camino de Swann” (Primera parte) en En busca del tiempo perdido; p.p: 150-2.

 

 


 

 

 
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((*) Carlos Guido Musso es Médico especialista en Medicina Interna, Geriatría y Nefrología Doctor en Medicina. Universidad de Salamanca. España (2011) Médico de Planta del Servicio de Nefrología. Hospital Italiano de Buenos Aires Docente de Nefrología de la Universidad de Buenos Aires y del Instituto Universitario Escuela de Medicina del Hospital Italiano de Buenos Aires Director de los cursos “Comunicación en Medicina” y “Semiótica Médica” del Instituto Universitario Escuela de Medicina del Hospital Italiano de Buenos Aires. Miembro del Comité de Bioética del Hospital Italiano de Buenos Aires y del Consejo Académico de Ética en Medicina Servicio de Nefrología, Hospital Italiano de Buenos Aires.

/*) Paula Enz


 
 
 
   
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