Nuevo libro - Florencia Molina Campos: un pintor para el asombro

 
 
Mis comienzos con Florencia Molina Campo

Por Osvaldo Pamparana (*)

 
 

 

 
 

Fue tan fecunda y rica en detalles mi relación con la vida y la obra de Florencio Molina Campos que, como ya dije en otras oportunidades, y lo vuelvo a reiterar aquí, de cada tema o acontecimiento vivido, se pueden derivar nuevos subtemas u otras alternativas interesantes de contar en varias carillas.

Un ejemplo es la manera en que decidí finalizar la nota anterior: abierta a la lucubración o imaginación del lector sobre los sucesos acaecidos en mí viaje hacia el pasado, pero que, en aquél momento, me condujeron al encuentro de los almanaques de Molina Campos.

Lo que puedo decir es que, en poco menos de un mes, aquella sensación de estar inmerso en el medio de un lodazal, se había esfumado. En cambio, mi sensación ahora es que estaba en tierra firme.

En mi estudio (la guarida).

¡De esto, sí le contaré algo, aunque sea breve!:

Ubicada en la planta alta de mí casa, la guarida o estudio, si le gusta más, es un espacio exclusivamente mío y de mis cosas y, de no ser por una situación extraordinaria, nadie puede entrar allí. No es que esté prohibido, pero, mi familia, conociendo esta extravagancia, evita ingresar, y menos abrir la puerta si yo no estoy en la casa. Lo de la puerta cerrada se debe a que ese lugar lo comparto con convivientes. Sí, no solo yo ocupo ese espacio; es también, el hábitat de mis musas. Como siempre las necesité, no puedo permitirme que alguna de ellas se escape. Invisibles a cualquier ser humano, sólo manifiestan su presencia al hacer oír sus contagiosas risas, o sus sonoros cánticos, o sus épicos relatos, o su armoniosa música. Son nueve personificaciones, y allí moran atentas por si las requiero mientras me hacen compañía.

¡Muy pronto las iba a convocar!

Sobre mi escritorio disponía de toda la bibliografía existente sobre Molina Campos. Libros, fascículos, recortes de diarios y revistas, notas a mano, tomadas de los relatos que me hizo su hija Pelusa, y Nair, su amiga uruguaya. Con estas últimas dos personas, fueron muchas las tardes compartidas en un local de la galería de la calle Florida, de donde no me podía ir ni una vez sin comprarle las muy bien trabajadas imágenes tridimensionales, hechas en resina sintética, con las  figuras de los paisanos dibujados por su padre. Eran verdaderas esculturas de pequeño tamaño.

Sobre la mesa o tapa del escritorio, estando parado, a la altura de mi vista, colgaban de un soporte, tipo barral de cortina, prendidas con broches de la ropa, un juego completo de las 144 diapositivas que había hecho sacar, por duplicado, de aquellos originales traídos y devueltos, como un tesoro, desde el pueblo de Arias, en la Provincia de Córdoba.

Todo este material acumulado, pasó a ser sinónimo de la sagrada responsabilidad de mi palabra empeñada:

¡Voy a trabajar sobre Molina Campos! - había prometido.

Se lo había asegurado al Subsecretario de Cultura de la Provincia de Buenos Aires, en un momento en que podría haber tenido una excusa para retractarme. Ahora, todo ese material que tenía sobre mi escritorio, y que él me ayudó a juntar, hacía imposible eludir la responsabilidad de, por lo menos, intentar llevar a la práctica el compromiso asumido. Sospechaba que el Señor Caruso tenía reales expectativas de que no lo iba a defraudar.
¡No lo haría!

Si bien ya tenía alguna experiencia en la realización de audiovisuales, en este caso no me resulto sencillo buscarle la forma para que quede atractivo estéticamente y, a su vez, fuera interesante y didáctico. Es decir, que el mismo producto terminado pueda captar la atención no sólo de adultos sino, principalmente, de los niños en edad escolar.

No digo que, más de una noche, me haya quitado el sueño, pero, en cada una de ellas soñaba con esas tiras de diapositivas colgadas de un barral y, en el silencio, escuchaba a las nueve musas hurgando el material, sin ponerse de acuerdo de qué manera podían ayudarme.

Transcurrió más tiempo que el imaginado, pero, a medida que iba avanzando, lo que estaba haciendo iba tomando la forma que me interesaba y gustaba que tomara.

Debo confesar que al escribir estos párrafos me vuelve a la memoria cierta analogía, cierto paralelismo entre lo que estaba creando, en aquel momento, y lo que estoy generando ahora. En mi espíritu, ambas circunstancias tienen algo en común.

Trataré de explicarlo. Es posible que esta confesión la juzgue como cargada de cierta dosis de egoísmo, pero,  le aseguro que no se trata de eso. Es algo más intangible e íntimamente personal.

En aquel momento, cuando estaba finalizando mi audiovisual/documental, por supuesto que tenía en cuenta al Subsecretario Caruso y sus expectativas y, también, las mías y los planes hacia el futuro, y todo lo bueno que pudiera implicar, para su difusión, mi producto terminado, siempre que el mismo coincidiera con las políticas culturales de entonces.

Lo que comencé a sentir, y me pasa y siento ahora, es que lo importante, o prioritario, no eran esas expectativas ni esos planes hacia el futuro. Lo valioso, lo esencial, es que estaba por dar a luz un hecho creativo propio e, interiormente, ese hecho era lo más importante que me estaba por pasar.

Sé que es demasiado pretencioso, hasta audaz y fantasioso, asemejarlo con la madre que va a dar a luz a su niño. Pero, como, seguramente, le pasa a una futura e inminente madre, ni siquiera piensa si su vástago será, para los demás, bello o no; si será rubio o moreno, o sus ojos de tal o cual color. Lo importante  es que el niño, esa creación propia, gestada durante un tiempo de ilusiones, está por nacer, y todas las expectativas están encaminadas hacia ese acto único y singular.

En aquel caso, “mi producto final” estaba próximo, y lo principal era, precisamente, ese final. Todas las expectativas formales estaban centradas en ese momento íntimo.

¡La entrañable relación entre el creador y su obra terminada!

Esto que hoy estoy escribiendo se asemeja, casi en forma absoluta, a aquella creación.

 


 

 

 
Nuevo libro - Florencia Molina Campos: un pintor para el asombro
Mis comienzos con Florencia Molina Campo
Relato
Mayo
Un comentario sobre Los Pichiciegos de R. Fogwill
La novela de la guerra de Malvinas
Opinión
¡Alguna similitud con la Noche de los cristales rotos?
A. Durero, protagonista de una historia
"En el Arte también existen las historias de vida..."
Relato
Vidas enigmáticas
Literatura y Humanismo médico
La muerte de Iván Ilich
   
 
 

((*) Osvaldo René Pamparana es Bioquímico procedente de la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata. Es autor de numerosos artículos, ensayos, cuentos y novelas breves. Por su labor cultural recibió, entre otras distinciones el premio Santa Clara de Asís y fue nombrado Ciudadano ilustre de la ciudad de La Plata. Se presentarán los capítulos sucesivos de su libro La Medicina y el Arte Correspondencia a: opamparana@lpsat.com



 
 
 
   
  Versión web 2.0
Medicina & Cultura es un suplemento de Clínica-UNR.org
© 2007 - 2011 Todos los derechos reservados