Historia de un perro

 
 
Retrato del Polaco

Por Jorgelina Presta. (*)

 
 

 

 
 

Me nació este amor…, sin que me diera cuenta yo…
Y tu mirada se clavó en mis ojos y mi sonrisa se instaló en mi cara….
y se esfumó la habitación, la gente,
Y el miedo se escapó por la ventana…

Sandra Mianovich.

El 30 de julio de 2013 (día de San Germán), luego de haberse recuperado de una grave deshidratación con severa hipopotasemia (disminución del potasio) que lo condujo a la parálisis de los cuatro miembros, “nació de nuevo”. Había pasado semanas sin  comer ni  tomar líquido y, en los últimos tiempos, había corrido demasiado, en el intento de recuperar a sus dueños, quienes lo apedreaban desde un carro tirado por un caballo desnutrido.

Un mes después al “renacimiento”, exactamente el 30 de agosto, lo conocí. Cuando  lo vi, me llamó la atención por lo coloradón y corpulento. “Es uno de mis preferidos”, me comentaba Alejandra, la dueña temporaria.

Convivían todos juntos, sus congéneres, Ale y sus cuatro hijos adolescentes, en una casa muy precaria, pero comían y estaban bajo techo.

Apenas entré en una de las habitaciones donde estaban, se acercó a mí, me miró y se pegó a mis pies, luego, se paró en dos patas, y tocó mis hombros con sus manos; era altísimo. Lo saqué varias veces…pero, él insistía. Lo miré detenidamente y me di cuenta de que  pedía “a gritos” que lo llevara conmigo. Lloré, sonreí, traté de levantarlo, no pude. No importó, porque apenas crucé el umbral de la puerta, vino corriendo hacia mí, tan rápido, que me tiró al piso. Me levanté, subí al auto, y él, ya estaba adentro.

Lo apodé Germán por el día del Santo. Un tiempo lo llamé gallego, porque no entendía nada de lo que le decía, con perdón de los nativos de  Galicia (sé que es un mito, pero  fue lo que me salió). Cuando me di cuenta  de que era muy inteligente, y que había aprendido a adaptarse a mi vida, estructurada en un departamento de  cuatro por cuatro, me surgió otro nombre: POLACO, y así le decimos todos ahora; Polaco es silencioso, hogareño, estructurado, reacio a los cambios, y colorado. No sólo lo fenotípico me llevó a llamarlo así, sino también la paz que me trasmiten sus ojos, como la que me trasmite  Karol Josef Wojtyla;  como la emoción que siento al verlo todos los días, parecida a la que me genera Goyeneche con Naranjo en flor o Balada para un loco.

El Polaco llegó a mi vida en un momento personal complicado, lleno de adversidades y desesperanzas.

Hoy, logró sacarme de todo eso; él me llena de ternura, me trasmite una serenidad inexplicable, y me conoce más que yo misma.

Hace un poco más de un año, cuando entró en casa, pensaba qué iba a hacer con él y, ahora, me doy cuenta de que no podría vivir sin él.
Gracias Polaco.

 

 


 

 

 
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Por Jorgelina Presta. (*)
(*) Jorgelina Presta es médica clínica y docente de la Cátedra de Clínica Médica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina. Es miembro estable del Comité Editorial del portal médico Clínica-UNR.org.


 
 

 

 

   
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