Relato

 
 
La cura

Por Federico Ferroggiaro(*)

 
 

 
 

Habían descubierto la cura. Pero no era un descubrimiento como el de Colón, que había llegado un día a una tierra que no había sido considerada ni el fruto del azar, de la suerte, ni de una combinación afortunada de circunstancias. Llevaban años trabajando para éso, completando planillas y estadísticas, realizando experimentos, alterando las variables. Descubrir la cura sintetizaba un proceso inmenso, con fracasos, reformulaciones y desvelos. El Director del Proyecto fue quien dictaminó que habían alcanzado el resultado y que estaban en condiciones de anunciarlo. La cura existía, era real, la habían encontrado. Ellos. La cura funcionaba. Con ligeras excepciones, por supuesto, pero era implacable en un 95% de los casos. Un éxito.

Se juntaron los cinco investigadores categorizados en el despachito del Director. Por primera vez, excluían de una reunión a los ocho pasantes y becarios. Cabían con esfuerzo, apretados; dos de ellos quedaron de pie porque faltaban sillas y había que quitar cajas de archivo, o un fichero, si traían prestadas un par del laboratorio donde trabajaban. Desecharon la idea porque sabían que el festejo sería breve y moderado. De hecho, ni siquiera había cigarros por la EPOC, que había proscripto el tabaco de la vida del Director y, por ende, de su entorno cercano. Pero, sorprendiéndolos, él extrajo de una bolsa de nylon dos botellas de un champagne decente, para que la celebración tuviera un detalle memorable. Eso sí: en lugar de copas, sólo tenía vasos de plástico. Todos se sonrieron, cada uno por sus razones, pero con una en común: la austeridad del Director no cejaba ni en los momentos más importantes. La única mujer del grupo, tal vez quien, de verdad, lo admiraba, le exigió unas palabras. Ellos alzaron los vasitos para preparar el brindis, mientras él, sin levantarse, murmuró una serie de frases, casi todas sin mirarlos. Habló de la ética, del deber profesional, de la investigación en sí, de cómo el esfuerzo empeñado y la dedicación, les habían permitido llegar al objetivo.

Muchos, en especial los que hacía tiempo que lo acompañaban, no lo creían capaz. Pero, ahí estaba: vencedor a pesar de los pronósticos, y conservando ese gris aspecto de derrotado. Incluso, si alguien le preguntaba a los miembros de su grupo por el Director, ellos apoyaban el índice en la sien y lo giraban o, bien, cerraban el puño y se llevaban a la boca el pulgar, para explicar con gestos lo que con palabras demanda explayarse. Entre cobardes y envidiosos, se entiende. Así que lo tomaban por un imbécil o un perdido, muchos; para qué apelar a la alquimia de las sutilezas y los eufemismos cuando, sinceramente, nadie le había tenido fe o confianza. Salvo, puedo suponer, la mujer, que aplaudió con los ojos húmedos el fin de ese borrador de discurso que el Director finalizó agradeciendo a cada uno de los presentes, a ellos: los investigadores categorizados, por haber puesto lo mejor de su ciencia y calidad humana.

Entonces, se incorporó haciendo tintinear, como un sonajero, el inseparable manojo de llaves que pendía de su cinturón. Luego, displicente, chocó el vaso con sus colegas. Ahí concluyó la fiesta, en cuatro o cinco sorbos rápidos. Alguien hizo una pregunta y él contestó con instrucciones claras y urgentes. De inmediato, comprendieron que ya nada había que hacer en el despacho y, como si salieran del cine, luego de ver una película que los dejó insatisfechos, embotados o embarazados, se fueron retirando. Ese costado o faceta antisocial, de ermitaño, había colaborado para que lo descuidaran. También, porque se había distanciado de los congresos y cenáculos, claro, porque su aislamiento, en vez de misterioso, lo volvía inofensivo, una bomba desactivada. Había evitado la exposición pública y hasta su cátedra recayó en dos ayudantes imberbes. Él, sólo aparecía por la Universidad para tomar los finales. Por la suma de esas decisiones, su nombre no despertaba admiración ni era referencia obligada en los temas que había estudiado. Circulaban, aún, alguno de sus papers y trabajos, pero todos envejecían mal y de prisa; eran como él: viejos, viejos y desactualizados.

La única mujer presente se demoró para interpelarlo. Ya no mostraba rastros de la reciente emoción; la impulsaba sólo lo pragmático. Ahora qué, le dijo, cuando supo que no había indiscretos escuchando. Ahora, ahora, nada, ordenó el Director, alzándose los lentes para frotarse los párpados. ¿Y la cura?, insistió ella, porque suponía que vendría el tour por los canales, los artículos para las revistas, la foto donde tendría que vestir el guardapolvos limpio y almidonado. Falta: los papeles, las presentaciones formales; mañana me reúno con gente del Ministerio. No sé cuánto demorarán en leer la biblia que les escribimos estos años. Ella dirigió su cabeza hacia un voluminoso bibliorato. Ahí está todo, pero, en palabras, agregó el Director, tenemos que ser pacientes y cautos.

Lo decía porque la cura no era para él; él no estaba enfermo ni soportaba esas terapias crueles, esas drogas que convertían en despojos a los que seguían los largos tratamientos que esperanzaban a los fantasmas que creaban. Pero, desde una óptica distinta, sí lo estaba. Era otra enfermedad que se acabaría con esa cura que iba a vengar su vanidad herida, los años de desprecio, las miradas de conmiseración de sus pares encumbrados. Así, uno podría afirmar que la misma cura servía para dos enfermedades distintas, contrapuestas. Una física y extendida, universal, en primer término; la otra, psíquica y personal, que afectaba a un hombre solo.

Ella permaneció detenida en la puerta del despacho. El Director, en cambio, retrocedió para volver a sentarse y recoger los vasitos vacíos y tirarlos luego de unirlos en una pila, dentro del tacho. ¿Y la patente? ¿Vamos a pedirle al Ministerio que…? Él había levantado la mano para callarla. Atrás, en el laboratorio, los becarios y pasantes se estaban riendo alrededor de uno de los investigadores. Éste debía estar distendido y feliz de su participación en el proyecto y, violando la seriedad habitual, se permitía bromear con los más novatos. El Director también observaba intrigado aquella algarabía inusitada. De alguna forma, por el momento, los otros habían terminado con sus tareas y sólo debían esperar los aplausos, la foto en la que iban a sonreír todos juntos, como una familia improbable. Ya seguirían, más adelante, investigando en otros grupos, buscando becas, publicaciones y cátedras. Matándose entre ellos, hurtándose las ideas, callándose las oportunidades. A él no, claro: todavía le faltaba lo peor, la red de mallas irrompibles de la burocracia. Tosió al pensarlo, y la frente se le arrugó como la piel de un testículo helado.

¿Cenamos?, le propuso ella, olvidándose de la relajada camaradería que bullía a sus espaldas. Gracias, no: tengo planes, la desairó el Director que no entendía ese deseo de la única mujer a ser rechazada. Lo sabía, ella y él, lo sabían: hay códigos que no deben romperse. En ningún orden. Tampoco en la investigación científica y, menos aún, en el mundo de la industria farmacéutica. Se lo podría explicar, si hubiera café y si no hubiera sido tarde, esa hora en que, si hubieran tenido ventanas, sabrían que ya estaba encendido el alumbrado público. Ella no pudo evitar que la decepción estallara en su rostro. Ya no parecía una mujer de casi cincuenta años. Parecía más vieja, y agotada: sin un sólo cartucho para disparar contra el chimango. Él, si hubiera querido consolarla, podría haber dicho que la estaba protegiendo. Porque estaban en peligro, especialmente él, y ese enorme bibliorato que iría a fotocopiar, apenas ella dejara de importunarlo. Por obsesivo, en verdad, porque tenía copias de todo, aunque dispersas, perdidas en los cajones y ficheros y, también, en su departamento, en todos y cada uno de los ambientes, porque también había convertido su hogar en un anexo de su despacho. Claro: para eso, antes, había tenido que enviudar y librarse de las manos extrañas de su esposa, que luchaba -o luchó, mejor dicho- por separar el trabajo de la familia. Por suerte, ella había muerto a tiempo para no conocer su derrota.

Entonces, si hubiera pretendido que entendiera, podría haber culpado de todo a la mezquindad, a la maldad excesiva de la especie humana. Y si ella, en tren de objetar, le dijera que la cura podía ayudar y salvar incluso a los que lucraban con la enfermedad, y que ¡cómo alguien sería capaz de oponerse a eso!, él le respondería que, después de Auschwitz, ningún nivel de maldad le parecía imposible. Pero no se produjo ese diálogo. Al contrario: ella, la única mujer del grupo, se retiró en silencio, contrariada. El Director, por su parte, se refugió en la lectura. No atendió el teléfono las dos veces que sonó, pero sí contesto la seguidilla de buenas noches del personal que se iba retirando. Su segundo, un cordobés con mucha chispa, y poco seso, le informó que irían a comer por la avenida. También le aclaró, sugerente, que la única mujer sería de la partida. Me alegro, dijo él, porque no le gustaba que ella se fuera despechada. La compañía y el alcohol la ayudarían a borrar el resentimiento, o acaso lo agravara. Vamos a festejar, aclaró el cordobés, suponiendo que no se había percatado de la invitación implícita. Esto de la cura va a ayudar a tanta gente… y fue tan sencillo, pareció que cualquiera podría haberla descubierto. El Director lo miró por primera vez, azorado, confundido. El cordobés practicó unos virajes para corregir el sentido de su desafortunada frase. Digo que usted hizo que una investigación tan ardua y compleja pareciera sencilla…

-Deje dotto´, no aclare que…

Alguien apagó los fluorescentes del laboratorio y, así, a oscuras, era redundante completar el dicho. Quedaron encendidas solo las luces de emergencia y las dos lámparas del despachito. Lo esperamos, jefe, insistió su segundo antes de marcharse. El Director volvió a su lectura, aunque la soledad y las penumbras, como jamás le había ocurrido, lo inquietaban. Decidió, entonces, que lo mejor era irse; no a festejar, sino a la segura paz de su casa.

Estaba acomodando sus cosas -era obsesivo con los detalles: la posición del teclado, el orden de las pilas de papeles, el taco calendario en la fecha del día que él no alcanzaría a ver- cuando escuchó un crujido de pisadas, y después: “espere Doctor, quiero hablarle unos segundos”. Las sombras le impedían reconocer al que hablaba. Un becado, arriesgó guiado por la voz que le sonó juvenil, respetuosa, pero no podía darse cuenta cuál, y le daba vergüenza, y taquicardia. Entre, pase, pase, balbuceó, atisbando el contorno más oscuro que se erguía afuera, en el borde de luz que emanaba de su oficina. Tal vez fuera el último que había entrado al grupo, recomendado por… ¿quién carajo se lo había recomendado?. Si la montaña no va…, pensó, caminando hacia la puerta, yendo al encuentro de esa voz que le ordenaba detenerse. ¿Le ordenaba? ¿A él? El Director creyó que entendía todo y se arrepintió de no haber ido con los otros, con el cordobés, a comer a la avenida. Una bala, con una bala arregla todo, se lamentó. Pero estaba equivocado. Extendió las llaves que le reclamó la voz, el ruidoso llavero que colgaba siempre de su cinturón, y vio la mano que se las arrebataba. Ni siquiera reconozco a mi Judas, qué mal, se lamentó mientras sus narinas se dilataban y le indicaban: bencina, un frasco de bencina destapado.

-Dese vuelta, por favor. ¿La cura funciona?

-Sí.

-Las muestras, ¿están escondidas donde dijo el cordobés? No tiene que mentir. Son para mi vieja. No le queda tiempo, y a nosotros tampoco. ¿O de verdad creyó que nos iban a dejar patentar la cura? Vamos…

El Director se encogió de hombros. La puta, esa voz, esa voz. Tan familiar, tan cotidiana, y no puedo reconocerlo. No tenía sentido responder, pero si lo oía un poco más, a lo mejor lo descubría.

-Mejor que seas vos, ¿no es cierto?, alguien del grupo.

- ¿No le parece?

Sintió que le salpicaban la espalda, no un baldazo, sino como si le hubiera caído el contenido de un vaso. El olor fue más fuerte, se esparció, y provenía también de su ropa, de su cuerpo. Los pasos empezaron a alejarse, y escuchó crujir la piedra de un encendedor.

 

 


 

 
 
 

(*) Federico Gonzalo Ferroggiaro es Periodista / Profesor Universitario en Letras (U.N.R.) Encargado de prensa de la U.T.N. - Rosario y docente. Obtuvo, entre otras distinciones, el Segundo Premio Ciudad de Rosario (2008) que consistió en publicación de su libro de cuentos "El pintor de Delirios" (Editorial Municipal de Rosario, 2009)





 
 

 

 

   
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