Nuevo libro -   Relatos arbitrarios

 
 
Paradojas de la Historia (primera parte). Las estatuas de Juanita Sosa. Acoso sexual y violación.

Por Osvaldo Pamparana (*)

 
 

 
 

Paradojas de la Historia (primera parte)

Las estatuas de Juanita Sosa – Acoso sexual y violación

Nota del Autor

El de Juanita Sosa es el primer relato de tres que he compilado bajo el nombre de Paradojas (1) de La Historia. Pertenecen a mi nuevo libro, en elaboración, al que llamaré Relatos arbitrarios. Es decir, relatos que no dependen de la razón, la lógica, o la justicia. Cada uno de ellos debe ser contextualizado en su tiempo, en las costumbres de la época y en sus protagonistas. Seguro que no estarán de acuerdo si los analizamos con nuestra mentalidad de lectores del siglo XXI. En realidad, porque son extraños, raros o sorprendentes, por originales, o poco frecuentes, o porque carecen de lógica, me hubiese gustado que, mi nuevo libro, se llamara Cuentos peregrinos, pero, alguien a quien admiro demasiado, se me adelanto y eligió ese nombre para sus cuentos. En síntesis, tiene en sus manos, el primero de los tres relatos sobre mujeres cuyas vidas me impactaron sobremanera, y creo que a usted también lo sorprenderán.

I. Hospital Nacional de Alienadas (2)

Me llamo Juana Sosa, en realidad siempre me gustó que me llamaran como me llamaban, Juanita. Juanita Sosa, “La Edecanita”, como solían decirme, con respeto y educación. Ese apodo me hace sentir muy bien porque no me lo regalaron, me lo gané por mi forma de ser y no en una competencia; había otras damiselas que se sintieron como humilladas porque yo, habiendo venido de tan abajo, me había convertido en la persona de máxima confianza, amiga y dama de honor en las tertulias a la que concurría la hija de Tatita.

1 Idea opuesta a la opinión común y, especialmente, la que parece opuesta siendo exacta

2 Actualmente Hospital Braulio Aurelio Moyano

Las veces que vinimos con mi amiga a ver cómo avanzaban las obras de esta construcción, sentía una enorme pena al ver a las mujeres deambular por el entonces llamado “patio de los dementes”. Después, le cambiaron el nombre, aunque quería decir lo mismo. Sería por el año 1854 que se inauguró, después de que el vencido General se alejara del país. Aunque yo creo que lo alejaron. ¡Desaparecido el perro se acabó la rabia!

Hoy, con cincuenta y dos años, quien diría, estoy internada en lo que era esa construcción, el Hospital Nacional de Alienadas, que es el nuevo nombre que le pusieron. No es un orgullo haber sido una de las primeras internadas, pero estoy segura que es mi última morada, por lo que de aquí ya no saldré por mi propia cuenta, me sacarán. Mientras tanto, paso mis días haciendo estatuas, que es lo que mejor me sale. No hablo, y me quedo inmóvil durante horas y horas, mirando sin ver, mientras mi cabeza navega por el pasado, recordando cosas que no quiero recordar.

Depende a quien quiera representar, pero no me resulta difícil hacer mis estatuas, lo que sí, a veces, me resulta complicado e incómodo, es mantenerme siempre en la misma posición, sin moverme. A lo mejor, si tengo tiempo, les contaré la estatua del degollado de Dolores, Don Pedro Castelli. Este señor fue un militar que enfrentó a las tropas realistas, junto al General José de San Martín, en la batalla de San Lorenzo (1813), por lo que igual que su padre, Juan José, ambos fueron patriotas. Este padre de su hijo degollado supo ser vocal de la Primera Junta de Gobierno, que se formó cuando le dijeron al Virrey Español Cisneros que se tenía que volver a España, que tampoco era España por esos tiempos. Por su versada labia, le decían el “orador de mayo”. Mire si habrá sido infortunado que murió deslenguado. ¡Hay que tener mala suerte!

Todas estas cosas yo las sé porque prestaba mucha atención cuando Manuelita hablaba con su tatita o con otros funcionarios del gobierno. Otra vez, escuché que a este Juan José le gustaba la misma mujer que a su primo. Mire que cosa, los dos estaban enamorados de la misma dama, y ésta eligió al primo que no era otro que un criollo recién llegado de España, con el título de abogado bajo el brazo; como producto de amor estudiantil salamanquino, se trajo, además, una peste en el cuerpo que lo atormentó toda la vida. El primo se llamaba Manuel Belgrano.

En realidad, esta segunda historia tiene mucho que ver con la familia de mi amiga, en especial con su mamá. La rabieta y el soponcio que se agarró Doña Encarnación cuando se enteró que María Josefa, su hermana menor, iba a ser madre soltera. ¡Nunca la perdonó!

Pero, ahora me pasa esto, que me pasa cuando cuento algo. O me olvido, o la cabeza se me va para tantos recuerdos que me pierdo sobre lo que le quiero contar. Por ahí, es mejor porque algunos de esos recuerdos no los quisiera recordar. Le estaba diciendo que el señor Pedro Castelli fue difunteado por desacatado, salvajón y desleal. Junto con otros, se llamaron Los Libres del Sur. Lo que hicieron con la cabeza del finado, eso sí que no tiene nombre. Si ya estaba muerto para qué semejante salvajada. Por esa cuestión, dejaron mancas a varias piadosas mujeres. Los que hicieron esa crueldad fueron las fuerzas del señor que era el padre de mi amiga, mi patrón y, con mucha pena fue para mí, la Juanita, algo más triste que hace que, hoy, lo recuerde todavía con tristeza y un sabor amargo que, como la hiel, no deja de bajar por mi garganta.

Las enfermeras dicen que, cuando dejo de estar inmovilizada y mi cabeza deja de ser un torbellino arrasador de malos recuerdos, recupero mi sensatez, y se me da por hablar y hacer otras cosas más; sucias, pero lindas. Las oigo que me tratan de pobrecita. Cuchichean y dicen:

¡Las cosas que habrá visto en Palermo para quedar así!

Y sí, claro, que vi cosas en ese falso e hipócrita ambiente de la Mansión. Pero sé lo que puedo contar y lo que no, para que no me suceda lo de la señorita Camila, la íntima amiga de mi amiga del alma. Aunque pertenecía a la alta sociedad, no le tuvieron compasión, la pasaron por las armas a ella que era solterita y con la panza llena, pero no de agua, y menos que fuera bendita. Ella sí que fue pobrecita. Pero lo que le pasó, no fue porque se fuera de lengua, sino de amores, con pasión sacrílega, con olor a incienso y a vela de altar. No fue como mi amor con Javier, con fragancia a jabón perfumado y tinta de escribiente. Cuando su figura se posa en mi turbada cabeza, todo en mí se anula; sin embargo, logro recordar y añoro el amasijo de pasiones desbordadas en que nos convertíamos, y un frenesí me invade, y siento un fuego inaguantable y me convierto en un jadeo y baba que cae de mi boca. Mis aguas, mis mocos, mis humores se acaloran. De mis vísceras surgen llamaradas, y un río de lava comienza a recorrerme. Mis manos buscan contenerlo, extenderlo, encauzarlo, llevarlo al centro de mi misma, al pulmón de mi esencia, así, así, más rápido, quiero ayudarme a ser feliz a mi manera y sin verga de hombre, y menos de hombres con poder. No me puedo controlar ni controlar el líquido que me está empapando, trino de gozo, ya está. Llegó el placer, y me redime de penas y ausencias y tormentos, vibro en el aire, y en eso estoy cuando escucho a la enfermera, cara de bruja, ojos de víbora, voz de serrucho que me sacude, me pega, me grita:

¡Pero acabe con eso Juana Sosa! Qué vergüenza, haciendo porquerías usted, tan luego usted que fue la edecanita de Manuelita. Hija dilecta del Sr. Gobernador y Restaurador de las leyes: Don Juan Manuel de Rosas.

II. Recuerdos que no quiero recordar

A lo mejor hablar del pasado me sirva para desahogar tantas penas y desdichas; por eso, les contaré lo que pueda y lo que no pueda también, porque ya nada me importa, sólo poder hacer mis estatuas que es lo que mejor me sale. Pero si les voy a contar, mejor es comenzar por el principio que es como debe ser para que me entiendan, por qué estoy como estoy, encerrada entre estas paredes tan altas y grises, rodeada de otras mujeres que a lo mejor están peor que yo. Ellas sólo deambulan y gritan, son maleducadas, nunca recibieron ninguna educación. Yo me codeé y participé, junto a Manuelita, en las reuniones sociales más paquetas de Buenos Aires. Y lo digo humildemente porque es la verdad; fui la preferida de diplomáticos extranjeros, políticos y militares, quienes me admiraban por ser culta, bella, vivaz y divertida, como la que más; por eso me elegían cuando visitaban la quinta del Restaurador.

¡Pero no vaya a creer que me fue fácil! ¿Quién aguanta una muchacha nueva con tanto éxito? No esas mujercitas que, a cualquier precio, defendían su lugar en Palermo y en el entorno de mi amiga Manuela.

Lo que sí les puedo asegurar, es que las mujeres fueron protagonistas ocultas en la vida del excelentísimo Sr. Gobernador. Hubo una gran diversidad de condiciones para ellas, diferencias vinculadas con el poder, la riqueza, el acceso a la cultura. Quiero decir, no todas eran iguales, había hijas y entenadas, para decirlo suave. Él las tenía clasificadas por el grupo étnico al que pertenecían. Estaban las mujeres de elite, las mestizas, las chinitas, las indígenas y, también, las esclavas. El federal, falo siempre enhiesto, estaba por demás dispuesto. No desperdiciaba a ninguna, y siempre estaba dispuesto para quien se ofreciera, o que él por su cuenta dispusiera. Yo creo,…. No, estoy segura de que, a pesar de su carácter dominante, Dona Encarnación hacía la vista gorda. Decían que, gracias a ella, él pudo manejar una política de espionaje, donde la Mazorca perseguía y mataba a los enemigos del Restaurador.

A mi modo de ver, por lo que me enteraba, me parece que a ese sabalaje , por llamarlo de alguna manera, se le iba la mano con esos hechos que popularmente fueron simbolizados por el violín y el violón, palabras que se hicieron tan lúgubremente famosas en la época, que hasta se inventó una danza haciendo alusión a su uso. La llamaron la refalosa.

Cuando la señora pasó al otro mundo, Dios la tenga en su gloria, y su hija Manuelita, mi amiga, la reemplazó, pareciera que las sepulcrales melodías de los funestos instrumentos: el violín y el violón, se apaciguaron un poco. Ella era como un ángel que intercedía por los que llegaban o traían ante su padre. Muchas penas fueron atenuadas o conmutadas, aunque de los latigazos ninguno zafaba. Además, se encargaba de las relaciones públicas y el trato con diplomáticos, embajadores y visitantes extranjeros. Era lo que mejor le salía y, de verdad, lo hacía bien. Yo, que era metida en todo, pero también perspicaz, aprendí mucho al lado de la niña.

Y, en el comienzo de lo que le quería contar, aunque algo ya le conté, entre mis enredados recuerdos, surge la belleza de mi mamá María Olmos. Dicen que era la muchacha más linda del barrio de la Merced, y que tropezó en su vida por cuestión de sentimientos. El tropezón le hizo crecer la panza conmigo adentro, razón por la que me tocó nacer sólo apellidada Olmos, desprolijidad enmendada en la iglesia y convento que estaba ahí cerca no más. Al enterarse de la muerte del Coronel Hilario Sosa, rápidamente, el cura me convirtió en Sosa. Resultando, entonces, que yo, Juanita, resulté hija de un buen federal que llegó a coronel por sus servicios a la causa. Me dijeron que tuvo la desgracia de que su frente se topara con una bala viajera, perdida, que le llegó estando distraído, trayéndole un pasaporte, desde los pagos de Dolores hasta el otro mundo. Será por contraprestación de servicios con el finado coronel, o por su belleza; la cuestión es que mi mamá consiguió llevarme a Palermo para que acompañara a Manuelita. Me acuerdo muy bien de todo, tendría unos doce años (1839) y los pechitos comenzaban a reventarse debajo de mi camisón.

Con la autoridad de haber sido madre soltera, viuda, sin haberse metido nunca en la cama del coronel, y con tropezones que le jugaban en contra, a mí, mi mamá me había dicho: Juanita vos naciste del lado que las tortitas negras tienen el azúcar, así que nunca mires a los hombres. Cuídate de los varones, que lo único que quieren es esto que tenés aquí, y señalaba mi entrepierna. Y yo le hice caso hasta que pude, o hasta que Javier volteó, sin esfuerzo, mi fingida oposición. De lo otro, prefiero no acordarme ni hablar por respeto a mi amiga Manuelita y, también, por Eugenia Castro, mujer clandestina, a quien yo quería mucho.

Pero mire que hay que ser malvado, por tenerla siempre escondida, el padrillo la llamaba La Cautiva. Aunque ella tampoco se quedaba atrás y, a veces, lo trataba de viejo de mierda. Había que ser valiente o tener las sábanas siempre listas. Tendría mi misma edad o sólo muy poco más. La pobre atendió dulce y responsablemente a Doña Encarnación en la larga enfermedad que la llevó al otro mundo, donde dicen que hay más paz y donde el poder venéreo, del que hacen gala los hombres con las mujeres, no hace falta. Pero, aun antes de que se difunteara la señora, el patrón, a Eugenia a la que llevaba treinta años, le prestó servicios especiales y, a la vuelta del camposanto, discretamente, y a requerimiento, a través de un biombo, accedía a un lugar en la federal cama.

Eugenia vivía embarazada y, en pocos años, llenó de castritos la casona. Digo castritos porque el apellido es sólo para los legítimos; los otros, son cosas de las mujeres, y que ellas lo resuelvan. Debido a los recurrentes embarazos, y las incomodidades que ello representa para el atropello carnal, y también por ser cosas de machos nomás, El Gobernador, que ahora también era Brigadier, requería de constantes higienes personales que llevaba a cabo con cualquiera, ya sea señora o chinita que se le cruzara. La urgencia iba a contrapelo del halago previo y de la palabra amable. Lo importante era la descarga caliente e impostergable. Porque él era el Restaurador de las leyes, patrón y dueño de las urgencias, por lo que se auto permitía el sometimiento de los más débiles y todo tipo de relaciones no consentidas; ofendía, sin derecho a reclamo, a quien como yo se considera una mujer honorable y enamorada de mi Javier. Por eso, hasta donde pudiera, iba a aguantar el sopetón que se venía anunciando.

Fue la mulata María Patria quien me lo advirtió. Me había hecho confidente, y siempre encontrábamos un lugar para charlar. De ella se dice que fue quien se olvidó la leche con azúcar en el fuego y que, al probar la espesa pasta amarronada que se había formado, le pareció de un sabor distinto, pero agradable. Al comentarle el incidente al Gobernador, éste también la probó y, a partir de entonces, lo adoptó como postre oficial de la quinta. Fue otro día que María Patria me hizo la advertencia:

El dulce de leche: en nuestro país, existe un relato escrito, que se encuentra en el Museo Histórico de la Nación, que fecha su invención hacia el año 1829, en instancias en que estaban por reunirse para firmar un pacto de paz Juan Manuel de Rosas y su enemigo político (y primo hermano) Juan Lavalle. Cuentan ciertas anécdotas históricas que se reunieron en Cañuelas, a 65 kilómetros de Buenos Aires, en la estancia del Caudillo Federal Juan Manuel de Rosas. Lavalle fue el primero en llegar y, fatigado, se recostó sobre el catre de Rosas, quedando dormido. La criada de Rosas, mientras hervía leche con azúcar (preparación conocida en esa época como lechada) para acompañar el mate de la tarde, se encontró con Lavalle durmiendo sobre el catre de su patrón. Ella lo consideró una insolencia y fue a dar aviso a los guardias. Poco tiempo más tarde, arribó Rosas, quien no se enfadó con Lavalle, y pidió a la criada el mate con leche. Ésta recordó, en ese momento, que había abandonado la leche con azúcar sobre el fuego, dejándola calentar durante un largo tiempo. Al regresar a buscar la lechada, la criada se encontró con una sustancia espesa y amarronada. Su sabor agradó a Rosas; se cuenta que compartió el dulce con Lavalle, mientras discutían los puntos del pacto, dando así, un origen accidental al dulce de leche.

-Niña, el Gobernador está muy cerca.

-¿Y qué?

-Yo digo nomás. Para que se percate, porque él sabe lo que es tener un ojito de bife como flor de bocado al alcance de las mandíbulas.

Aja, -dije- y quedé desorientada. Aunque si me lo dijo María Patria. que tenía más experiencia que yo, por algo sería.

Pero de eso es de lo que no quiero acordarme. Sólo deseo que, cuando llegue el progreso, también traiga algunos derechos para nosotras las mujeres. Tampoco quiero acordarme de los numerosos llamados, en nombre del amor, que El Gobernador me hizo para que viajara a Inglaterra.

¿Cómo se le ocurría que yo podía ir, si ni siquiera la Eugenia quiso viajar? Lo que hizo conmigo nunca me lo podré olvidar, y por eso, a lo mejor, estoy aquí. Afortunadamente, el Javier, de otra forma y, sin que los espías, (en especial, el Eusebio, alcahuete si los había, y bufones), se dieran cuenta, se cobró por su indecorosa y federal masculinidad, por la fuerza, en donde no había sido invitada.

Con la Eugenia, preferimos seguir siendo pobres, pero honradas, y aquí nos quedamos: solas sin un centavo y sin asistencia. Eugenia encontró a un santo varón que se hizo cargo de ella y de los seis hijos. Y yo, aquí estoy, recordando cosas que no quiero recordar.

1) Idea opuesta a la opinión común y, especialmente, la que parece opuesta siendo exacta

2) Actualmente Hospital Braulio Aurelio Moyano

3) Sabalaje: es modismo argentino, del lunfardo, usado también en Uruguay para referirse a gente orillera o de los arrabales.

4) El dulce de leche: en nuestro país, existe un relato escrito, que se encuentra en el Museo Histórico de la Nación, que fecha su invención hacia el año 1829, en instancias en que estaban por reunirse para firmar un pacto de paz Juan Manuel de Rosas y su enemigo político (y primo hermano) Juan Lavalle. Cuentan ciertas anécdotas históricas que se reunieron en Cañuelas, a 65 kilómetros de Buenos Aires, en la estancia del Caudillo Federal Juan Manuel de Rosas. Lavalle fue el primero en llegar y, fatigado, se recostó sobre el catre de Rosas, quedando dormido. La criada de Rosas, mientras hervía leche con azúcar (preparación conocida en esa época como lechada) para acompañar el mate de la tarde, se encontró con Lavalle durmiendo sobre el catre de su patrón. Ella lo consideró una insolencia y fue a dar aviso a los guardias. Poco tiempo más tarde, arribó Rosas, quien no se enfadó con Lavalle, y pidió a la criada el mate con leche. Ésta recordó, en ese momento, que había abandonado la leche con azúcar sobre el fuego, dejándola calentar durante un largo tiempo. Al regresar a buscar la lechada, la criada se encontró con una sustancia espesa y amarronada. Su sabor agradó a Rosas; se cuenta que compartió el dulce con Lavalle, mientras discutían los puntos del pacto, dando así, un origen accidental al dulce de leche.

 

 

 

 

 

 


 

 
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((*) Osvaldo René Pamparana es Bioquímico procedente de la facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata. Es autor de numerosos artículos, ensayos, cuentos y novelas breves. Por su labor cultural recibió, entre otras distinciones el premio Santa Clara de Asís y fue nombrado Ciudadano ilustre de la ciudad de La Plata. Se presentarán los capítulos sucesivos de su libro La Medicina y el Arte Correspondencia a: opamparana@lpsat.com





 
 

 

 

   
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