Una interpretación distinta de la enfermedad - Segunda parte

 
 
La enfermedad como camino

Por Marta Macias. (*)

 
 

 
 

La sombra:

Cada identificación, que se basa en una decisión, descarta un polo. Todo lo que nosotros no queremos ser, lo que no queremos encontrar en nosotros, lo que no queremos vivir, lo que no queremos admitir en nuestra identidad, forma nuestro “negativo”, nuestra “sombra”. Porque el repudio de la unidad de las posibilidades no las hace desaparecer, sino que sólo las destierra de la identificación de la conciencia.

El polo descartado vive en la sombra de nuestra conciencia. Del mismo modo que el niño cree que cerrando los ojos se hace invisible, la persona imagina que es posible librarse de la mitad de la realidad por el procedimiento de no reconocerse en ella. Y se deja que un polo, (por ej. la laboriosidad) salga a la luz de la conciencia, mientras que el contrario (la pereza) tiene que permanecer en la oscuridad, donde uno no lo vea. “El no ver se considera tanto como no tener, y se cree que lo uno puede existir sin lo otro.”

Se llama Sombra (con el significado que le da C. Jung), a la suma de todas las facetas de la realidad que el individuo no reconoce, o no quiere reconocer en sí, y que, por consiguiente, descarta. Es el mayor enemigo del ser humano. La tiene y no sabe que la tiene. Ni la conoce. La sombra hace que todos los propósitos y los afanes del ser humano le reporten, en última instancia, lo contrario de lo que él perseguía. “La verdadera fuente de toda desgracia”. Todo lo que el ser humano rechaza, pasa a su sombra, que es la suma de todo lo que él no quiere. Esto suele suceder a través de la proyección, ya que cuando uno rechaza en su interior un principio determinado, cada vez que lo encuentre, en el mundo exterior, desencadenará en él una reacción de angustia y repudio.

Lo que ocupa más al ser humano es lo que rechaza. Y, de este modo, se acerca al principio rechazado hasta llegar a vivirlo. Según esta ley, los niños siempre acaban por adquirir las formas de comportamiento que habían odiado en sus padres. Los pacifistas se hacen militantes, los moralistas disolutos, los apóstoles de la salud, enfermos graves.

No hay un entorno que nos marque, que nos moldee, que influya en nosotros o nos haga enfermar. El entorno hace las veces de espejo en el que solo nos vemos nosotros mismos; también nuestra sombra, la que no podemos ver en rostros. Del mismo modo que de nuestro propio cuerpo no podemos ver más que una parte, pues hay zonas que no están al alcance de nuestra vista (los ojos, la cara, la espalda) que para contemplarlas, necesitamos el reflejo de un espejo, también para nuestra mente, padecemos una ceguera parcial y solo podemos reconocer la parte que nos es invisible (la sombra), a través de su proyección y reflejo en el llamado entorno o mundo exterior. El reconocimiento necesita de la polaridad. El reflejo sirve de algo para aquél que se reconoce en el espejo; de lo contrario, es una ilusión. “El que vive en este mundo y no reconoce que todo lo que ve y lo que siente, es él mismo, cae en el engaño y el espejismo.

El espejismo resulta vívido y real, pero no hay que olvidar que, también, el sueño nos parece auténtico y real mientras dura. Hay que despertarse para descubrir que el sueño es sueño. Lo mismo cabe decir del gran sueño de nuestra existencia. “Hay que despertarse para descubrir el espejismo.”

La sombra nos angustia. Está formada exclusivamente por aquellos componentes de la realidad que nosotros hemos repudiado, lo que menos queremos asumir. La sombra es la suma de todo lo que estamos firmemente convencidos de que tendría que desterrarse del mundo, para que éste sea santo y bueno. Pero, ocurre todo lo contrario. La sombra contiene todo aquello que falta en el mundo, en nuestro mundo, para que sea santo y bueno. La sombra nos hace enfermar, es decir nos hace incompletos; para estar completos, nos falta todo lo que hay en ella.

Por su belleza, transcribo la narración del Grial que nos habla, precisamente de la sombra:

El rey Anfortas está enfermo, herido por la danza del Mago Klingor o, en otras versiones, por un enemigo pagano o, incluso, por un enemigo invisible. Todas estas figuras son símbolos inequívocos de la sombra de Anfortas- su adversario, invisible para él. Su sombra lo ha herido y él no puede sanar por sus propios medios, no puede recobrar la salud porque no se atreve a preguntar la verdadera causa de su herida. Esta pregunta es necesaria, pero preguntar esto sería preguntar por la naturaleza del Mal. Y, puesto que él es incapaz de plantearse este conflicto, su herida no puede cicatrizar. Él espera un salvador que tenga el valor de formular la pregunta redentora. Parsifal es capaz de ello porque, como su nombre indica, es el que va por el medio. Por el medio de la polaridad del Bien y del Mal, con lo que obtiene la legitimación para formular la pregunta salvadora: _¿Qué te falta, Oheim? La pregunta es siempre la misma, tanto en el caso de Anfortas como en el de cualquier otro enfermo. ¡La sombra! La sola pregunta acerca del mal, acerca del lado oscuro del hombre, tiene poder curativo. Parsifal, en su viaje, se ha enfrentado valerosamente con su sombra, y ha descendido a las oscuras profundidades de su alma, hasta maldecir a Dios. El que no tenga miedo a este viaje por la oscuridad, será finalmente un auténtico salvador. Un redentor. Por ello, todos los héroes míticos han tenido que luchar contra monstruos, dragones y demonios, y hasta contra el mismo infierno, para ser salvos y salvadores.

La sombra produce la enfermedad, y el hacerle frente, cura. Esta es la clave para la comprensión de la enfermedad y la curación. Un síntoma siempre es una parte de sobra que se ha introducido en la materia. Por el síntoma, el ser humano experimenta aquello que no ha querido experimentar conscientemente. El síntoma, valiéndose del cuerpo, reintegra la plenitud al ser humano. Es el principio de la Complementariedad lo que, en última instancia, impide que ser humano deje de estar sano. Si una persona se niega a asumir conscientemente un principio, este principio se introduce en su cuerpo y se manifiesta en forma de síntoma. Entonces, el individuo no tiene más remedio que asumir el principio rechazado. Por lo tanto, el síntoma completa al hombre, es el sucedáneo físico de aquello que falta en el alma.

En realidad, el síntoma indica lo que le falta al paciente, porque el síntoma es en sí el principio ausente que se hace material y visible en el cuerpo. Precisamente, con el síntoma podemos aprender a reconocernos, ver esas partes del alma que nunca descubriríamos en nosotros, puesto que están en la sombra. La sinceridad con uno mismo es una de las más duras exigencias.

Para los mitos, especialmente occidentales, al ser Dios integrado en la polaridad (bien-mal), ya no es salvador. Dios es la Unidad que reúne en si todas las polaridades sin distinción, mientras que el Diablo es la polaridad, el señor de la división o, como dice Jesús, “ el príncipe de este mundo”

El mundo polarizado es diabólico, pecador. La verdad es amarga venga de donde venga. El mal es producto artificial de nuestra conciencia polarizada, al igual que el tiempo y el espacio, y es el medio de aprehensión del bien, es el seno materno de la luz.

En el mundo, la dualidad no tiene finalidad y, por lo tanto, existencia propia. El ser humano puede hallar su salvación en la unidad. La sombra es la zona no iluminada por la luz del conocimiento y, por lo tanto, permanece oscura, desconocida. Sin embargo, los aspectos oscuros solo parecen malos y amenazadores mientras estén en la oscuridad. La simple contemplación del contenido de la sombra, lleva luz a las tinieblas, y basta para darnos a conocer lo desconocido. La contemplación es la fórmula mágica para adquirir conocimiento de uno mismo. Nuestro supremo objetivo: Sabiduría o iluminación.

Estos opuestos, en los que hemos discurrido, no se unifican por si solos; para dominarlos, tenemos que asumirlos. Una vez que nos hayamos impuesto de ambos polos, podremos encontrar el punto intermedio y, desde ahí, empezar la labor de unificación de los opuestos.

Se necesita valor para afrontar conscientemente, y con audacia, los desafíos de la vida. Cuando el ser humano encuentra su verdadera ley en sí mismo, ésta lo desvincula de todas las demás. La ley más íntima de cada individuo es la obligación de encontrar y realizar su verdadero centro, es decir, unificarse con todo lo que es. El instrumento de unificación de opuestos se llama amor; el principio de amor es abrirse y recibir algo que hasta entonces estaba afuera. El amor busca la unidad. Quiere unir, no separar. El amor es la clave de la unificación de los opuestos, porque convierte el Tú y el Yo, en Tú. El amor transforma. Todas las consideraciones anteriores nos llevan a expresar que el ser humano es un enfermo, no se pone enfermo. Esta es la gran diferencia entre este concepto de la enfermedad y el que tiene la medicina académica. La medicina ve en la enfermedad una molesta perturbación del estado normal de salud y, por lo tanto, trata no solo de subsanarla lo antes posible, sino, ante todo, de impedir la enfermedad y, finalmente, desterrarla. Para los autores, la enfermedad es algo más que un efecto funcional de la naturaleza, es parte de un sistema de regulación muy amplio que está al servicio de la evolución. No se debe liberar al ser humano de la enfermedad, ya que la salud necesita de su contrapartida, o polo opuesto. La enfermedad es la señal de que el ser humano tiene pecado, culpa o defecto. La enfermedad es la réplica del pecado original a escala microcósmica.

El ser humano es enfermo porque le falta unidad. Las personas totalmente sanas sin defecto alguno, solo están en los libros de anatomía. En la vida normal, semejante ejemplar es desconocido. Puede haber personas que durante décadas no desarrollen síntomas evidentes o graves; ellas, no obstante, también están enfermas y morirán; hay un estado de imperfección de mortalidad.

 

 

 

 

 

 

 


 

 
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(*) Marta Macias, reside en La Plata, oriunda de Tres Arroyos. Es profesional del derecho y poeta: Ha publicado poemarios, ensayos, notas, ponencias en Simposios internacionales. Ganó el Premio Consagración Roberto Themis Speroni, en 1992, por su libro Fabularia.(SEP) y el Primer Premio en el Certamen Literario Poeme, organizado por la Empresa francesa Lancome, por su poema Madre traducido a varios idiomas entre otras actividades con la música y la pintura. Es actualmente Presidente en la Sociedad de escritores de la Pcia. de Bs.Aires realizando una importante tarea de gestión. Intervino en numerosas oportunidades en la Feria del Libro del autor al Lector que se realiza anualmente en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.





 
 

 

 

   
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