Relato

 
 
El hombre de los pájaros

PorTeresa Minhot (*)

 
 

 
 

Como cada sábado, me levanté temprano, tomé mi bolso, coloqué dentro un pan, un buen trozo de queso, dos manzanas y salí con mi bicicleta, hacia las afueras de la ciudad. Pedaleando, llegué hasta un sauce gigante que se alzaba en medio del llano. Aquel día, una nube de pájaros revoloteaba en torno del árbol. Pensé que habrían hallado un tesoro de granos. Cuando me acerqué, la escena que observé, me llenó de asombro: bajo el sauce se hallaba un hombre enjuto, de cabellos blancos, apoyado en el tronco, rodeado de una infinidad de avecillas de distintas especies: horneros, gorriones, palomas, mirlos, jilgueros, cardenales…La estridencia de los trinos me ensordecía.

Me detuve a prudente distancia para no molestar, pero enseguida tuve la impresión de que nada podría perturbar ni al hombre ni a las aves. Tomaba los granos de un recipiente abollado y, con su mano abierta, los ofrecía a la voracidad de los picos. Levantó la vista y me vio. Me saludó con un movimiento de su cabeza y continuó con su tarea, imperturbable.

Estaba recién afeitado; en sus labios florecía una sonrisa de placidez. Lo miraba como si me hallase frente a una visión. Aunque el contenido de la mano fuera pequeño para tantos hambrientos, no se producían peleas. Picaban y se alejaban, dejando el lugar a los otros. Venían de un bosquecito cercano. Permanecí unos minutos contemplando el espectáculo. De pronto, con voz clara, el hombre dijo:

“Bueno, basta, no hay más”. Y como si cada emplumado hubiera entendido el sentido de sus palabras, en pocos segundos, la nube alada desapareció en el cielo. Entonces, el desconocido se volvió hacia mí y agregó:

-Son obedientes.

Me acerqué y le pregunté si les daba de comer a menudo. Me respondió que lo hacía desde siempre, recorría la región y se había convertido en el amigo de los pájaros. Como disponía de una jubilación escasa, visitaba las chacras y pedía semillas para “sus bichos”; ya lo conocían, y todos colaboraban.

Desde el primer día sólo las palomas se habían acercado a él con confianza, pero a los pocos minutos, lo hicieron los otros…Les hablaba y ellos parecían entender. Luego, reunirlos, se volvió un hábito; a donde fuera, era seguido por la bandada gigantesca.

Le pregunté cómo era posible que siendo de especies diferentes no se disputaran el alimento a picotazos. Sonrió, para él era absolutamente normal tal comportamiento. Después de un instante de reflexión, agregó:

-Son los hombres los que por egoísmo se disputan los bienes que la naturaleza les ofrece tan generosamente.

Por mi mente desfilaron las ruinas, las luchas, todo lo que el ser humano ha destruido con su ambición por poseer más, y le di la razón. Me senté a su lado, preguntándome cómo no lo había visto antes, pero lo atribuí a sus continuos desplazamientos. Como si hubiese leído mi pensamiento, me explicó que había elegido aquel sauce para dar cita a sus amigos. Mi perplejidad fue entonces más grande, yo había pasado muchas veces por ahí sin haberlo visto jamás.

Respondía a mis preguntas con algunas imprecisiones; por ejemplo, hizo alusión a un pueblo pequeño, que desde hacía años había sido abandonado, como si estuviera en plena actividad. Cuando quise saber dónde había trabajado, me respondió que por años había sido herrador de caballos, en las afueras de la ciudad, y me indicó la dirección de la herrería. Yo conocía bien el lugar, pero en mi vida había visto por allí una herrería. No hice ningún comentario, pero mi desconcierto iba en aumento. El hombre, de unos sesenta y cinco años, me hablaba, en 1979, de capotas, sulkys, carros, de cosechas con guadañas, como si aún fuesen parte del panorama cotidiano.

A pesar de la fascinación experimentada poco antes, al verlo con los pájaros, ahora sentía deseos de irme; pensé que tal vez tendría alguna alteración mental. Me tendió la mano y fue como si hubiese estrechado un pedazo de hielo, me estremeció.

No sé por qué regresé el sábado siguiente al mismo lugar; hice una mueca de disgusto al verlo en medio de la bandada que me pareció aun más extensa. Me detuve de mala gana pues el hombre me saludó y comenzó a charlar. No pude contener mi curiosidad y le pregunté cómo se llamaba.

“Augusto Sarratore- me respondió- soy de Villa Desmochada.”

Era, justamente, el poblado abandonado desde hacía tantos años, una verdadera ruina. Le di a entender que debía seguir y me dirigí hacia aquel lugar. Sólo hallé escombros, ni siquiera una habitación que tuviera su techo, nada. El estupor me paralizó. ¿Quién era ese hombre? ¿Un loco?. No parecía. Era todo muy extraño.

Regresé a casa. Al pasar cerca del sauce, no vi ningún rastro de su presencia. Pero su imagen me perseguía. Durante la noche, su recuerdo continuaba dando vueltas en mi mente. De pronto, recordé a Don Paulo, un sacerdote de noventa y tantos años que había atendido la pequeña iglesia de la aldea en cuestión. Lo encontré sentado frente a la estufa. Su memoria estaba sorprendentemente intacta, conocía a la perfección aquellos lugares y la gente que los había habitado. Con verdadero estupor, después de haberle hablado de Augusto Sarratore, le oí decir:

-¿El herrador? ¡Claro que lo conocí! Yo era muy joven, recién llegado al poblado. Era el mejor de todos. Pobrecito, recuerdo el día fatídico… un caballo medio indomable, le dio una patada tremenda, lo tiró al suelo. El médico que lo atendió no pudo hacer nada, tenía el hígado destruido, murió dos días después en el hospital.

Como me vio pálido y titubeante, me preguntó si me sentía bien. Terminé refiriéndole los dos encuentros con aquel hombre. El cura me escuchó con mucha atención y, luego de un largo silencio, me dijo:

-Hijo mío, esto quiere decir que ha encontrado la paz del Señor. Vení, vamos a rezar por él y por las almas que todavía esperan la misericordia de Dios.”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 
 
 

(*) Teresa G. Minhot Profesora de Francés; ex Prof. de francés del Instituto Superior Olga Cossettini Ex. Prof. de francés en Humanidades y Arte y Escuela de Música Prof. de Literatura francesa en la Alanza francesa de Rosario. Miembro de la Asociación argentina de Literatura francesa y francófona. 5º Premio Certamen Literario Nov. 2012 del "Grupo de Escritores Argentinos" médico Clínica-UNR.org






 
 

 

 

   
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